Por: Arlene B. Tickner

Obama recargado

Como a muchos que votaron por él, el primer gobierno de Barack Obama me pareció decepcionante. No tanto por la situación económica de Estados Unidos, que en gran medida fue heredada de George W. Bush, sino por el conservatismo y la timidez que lo caracterizaron. Su promesa de revertir los peores excesos de la política antiterrorista de su antecesor quedó tan sólo parcialmente cumplida.

El cambio en el discurso oficial y la finalización de prácticas como la tortura se dieron, pero la detención indefinida y la negación del hábeas corpus de sospechosos terroristas continuaron, los ataques con drones (y asesinatos selectivos) en Afganistán, Pakistán y Yemen se intensificaron, y el privilegio ejecutivo, que impide cualquier veeduría sobre estos asuntos, se mantuvo. Se aumentó la presencia militar estadounidense en Afganistán para “estabilizar” al país y permitir un posterior retiro y se terminó la guerra en Irak, pero en ninguno de los dos casos ganó Estados Unidos ni alcanzó los objetivos políticos que se había propuesto. El compromiso de reformar la ley migratoria se quedó corto y se terminó deportando números récord de ilegales, unos 1,5 millones. No se hizo efectiva la proposición de liderar la discusión mundial sobre cambio climático ni de innovar en las políticas ambientales nacionales. Y la (ingenua) idea de implementar una política consensuada pospartidista fue correspondida con una previsible y sistemática oposición republicana a cada una de las propuestas del presidente.

En contraposición a lo anterior, el discurso del segundo período presidencial, junto con las posiciones adoptadas al final del año pasado sobre el control de armas y el abismo fiscal, hacen pensar que el Obama progresista y liberal que la mayoría creía haber elegido en 2008 ha resucitado. Sin la presión de la reelección ni el afán por conciliar con los republicanos —a quienes lentamente va aprendiendo a presionar mediante la movilización de los votantes— Obama lució más tranquilo y asertivo. Además de reafirmar sus deudas no cumplidas frente a los migrantes y el medio ambiente, enfatizó otros temas controversiales como los derechos de los homosexuales. Con la reivindicación de la responsabilidad cívica hacia los menos privilegiados confrontó la posición ultraconservadora de que los servicios sociales estatales han creado un país de tomadores (y no hacedores). Y cuestionó no tan indirectamente el absolutismo republicano.

Los nombramientos de Chuck Hagel como secretario de Defensa, John Brennan como director de la CIA y John Kerry como secretario de Estado refuerzan la hipótesis de que en su segundo gobierno Obama intentará desarrollar políticas más “suyas”. El caso del primero, cuya ratificación en el Senado será la más difícil, es diciente. Además de su cercanía al mandatario, se trata de un veterano de guerra y exsenador republicano a quien su propio partido reprocha por sus posiciones críticas. Fue escéptico sobre la guerra en Irak, se opuso a sanciones en Irán, ha cuestionado al militarismo de Israel y el lobby proisraelí, y es internacionalista y partidario de las estrategias multilaterales.

Aunque los principales desafíos que enfrentará durante su segundo mandato seguirán siendo de carácter económico —profundizar la reactivación, reducir el déficit y crear empleo—, el Obama recargado que se vio va detrás de nada menos que la construcción de un legado.

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