Por: Mario Fernando Prado

Obispo en peligro

No quiero ser ave de mal agüero, pero temo mucho por la vida del obispo de Buenaventura. Indiscutiblemente ha sido él quien de manera más vehemente ha puesto el dedo en la llaga en torno a lo que paradójicamente sucede allí: por una parte, se genera más del 50% de los ingresos portuarios de Colombia y por otra, registra los niveles de desempleo, pobreza e inseguridad más altos del país.

Y es que hay dos Buenaventuras: la una progresista, llena de oportunidades, con inversiones billonarias y desarrollos impresionantes, y la otra sumida en un profundo caos social y moral, tema del cual nos hemos ocupado sin tener mayor eco en las entidades del Estado, que llevan años prometiéndoles a los porteños lo que nunca les han cumplido. Por ejemplo, y ante la violencia rampante que tiene sumida a la Isla de Cascajal en el pánico habida cuenta el sinnúmero de muertos a diario producto de la guerra del narcotráfico, se le ha pedido al gobierno central un alto comisionado para la seguridad bonaverense que articule y aglutine a la Policía, el Ejército, la Policía Militar, la Fuerza Aérea y la Armada que operan en el lugar, pero se ha hecho el de la vista gorda. Esta situación se está saliendo de las manos, tiene desesperadas a las autoridades locales del “bello puerto del mar” y ha llevado al prelado de la iglesia a denunciar con un gran valor los exabruptos kafkianos que allí suceden. “Yo no soy el que inventa esas cosas”, ha dicho refiriéndose a la violencia y marginamiento del puerto, que es una bomba de tiempo social y que ha sido, de acuerdo con el exministro y columnista Rudolf Hommes, condenado por su propio país a ser la tierra del olvido. Las constantes declaraciones de monseñor Epalza lo han puesto en el ojo del huracán y se rumora por las calles de Buenaventura que está condenado a muerte “por sapo y por bocón”. ¡La que nos faltaba! Así las cosas, o lo trasladan rápidamente a otra parte, o le brindan protección especial o, Dios nos ampare, tendremos dentro de poco otro mártir víctima de la intolerancia y las manos oscuras de la delincuencia.

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