Por: Héctor Abad Faciolince

La Obra Maestra intocable

Recuerdo que hace unos meses el poeta Andrés Trapiello, que es siempre muy cumplido, no contestaba los correos, pese a la insistencia. Un día, al fin, me mandó una nota breve: “Perdona. Después te daré cuenta de mi silencio, metido como estoy en el más laborioso empeño que habrán de ver los siglos”.

Yo, que pienso siempre lo peor, creí que tenía cáncer y que estaba batallando con la quimioterapia. Lo vi calvo en mi imaginación, luchando con la enfermedad, y en los huesos, como un quijote. Le contesté que ojalá todo pasara pronto, y guardé silencio.

Luego, a mediados de junio, en la Feria del Libro de Madrid, tuve el gusto de coincidir con él en una firma. El cáncer que tenía era la corrección final de “su” Quijote. Los trabajos de Trapiello en los meses anteriores habían sido poner la obra maestra de Cervantes “en castellano actual”. Ya algunos puristas, me contó, empezaban a protestar pues “traducir” al Quijote, tocarlo siquiera, les parecía un pecado de lesa literatura. Yo no sabía qué pensar. Como siempre he podido disfrutar las historias del ingenioso hidalgo a pesar de lo arcaicos que suenan a veces el lenguje o la sintaxis, no veía la necesidad.

Esa misma noche me puse a ojear el Quijote en la versión de Trapiello. No tenía una sola nota a pie de página. Leí y leí y nada me estorbaba. Como no tenía a mano un Quijote original, tenía casi la impresión de leer el mismo libro tantas otras veces gozado, sin tener que recurrir al auxilio de los eruditos. Esos mismos eruditos que se creen dueños de la obra cumbre de nuestra lengua y por eso mismo detestan que se la actualice.

También es verdad que hay versiones de versiones. Recuerdo, por ejemplo que, hace más de 20 años, en Colombia, Argos redactó un Quijote a lo paisa. A mí esa adaptación, por muy meritoria que fuera, me había parecido un resumen bastante dudoso de Cervantes. El Quijote de Argos está mutilado, lleno de cortes, y viene tan abreviado que las dos partes apenas llegan a las 250 páginas. Donde El Quijote de Cervantes dice, “Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza”, Argos resumía: “Era alto y flacuchento, pero alentado y muy madrugador”. Parecía una versión para niños antioqueños, y no muy avispados.

La edición de Trapiello, en cambio, siendo íntegra y fiel, alcanza las mil páginas, y este mismo pasaje que acabo de citar, lo cambia así: “Frisaba la edad de nuestro hidalgo los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza”. Se limita a suprimir la preposición “con”, y ha hecho bien, pues no hay nada en esa frase que no entienda fácilmente un lector actual. Hay cambios más sustanciales en el libro, precisamente allí donde el lector de hoy tiene tropiezos y requiere notas explicativas. Para los famosos “duelos y quebrantos” que don Quijote comía los sábados, Trapiello simplifica: “huevos con torreznos” (aquí yo habría puesto “con tocino” para el lector colombiano). Y en vez de “salpicón las más noches”, Trapiello opta por “ropavieja casi todas las noches”. Son intervenciones delicadas y simples. Vargas Llosa, en su prólogo, usa una buena imagen: es como limpiarle la fachada a un edificio teñido por el tiempo.

A una parte de los académicos y cervantistas españoles (quizá los menos sabios) les molesta esta adaptación. Los menos quisquillosos, en cambio, se alegran de que ahora muchos más lectores puedan leer sin dificultad la maravilla. Este año se cumplen 400 años de la publicación de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha. Esta versión (que Trapiello completó tras una lucha de 13 años para adaptar el texto), pone al alcance de todos aquello que no debe ser el coto de caza de los eruditos. Pocos como Trapiello saben leer tan bien el Quijote original; por eso ha sido capaz de dárnoslo casi igual para que todos lo puedan disfrutar de corrido.

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