Por: César Rodríguez Garavito

Ante la ola conservadora, una ola arcoíris

El conservatismo moral está tomando impulso. Las iglesias cristianas, católica y ortodoxa ponen de lado sus diferencias seculares para unirse contra el matrimonio de parejas del mismo sexo.

 

El Partido Conservador presenta un proyecto de ley para cerrar el paso a la eutanasia y al aborto, incluso en los casos más extremos. El procurador lleva al Congreso una propuesta que le da un alcance tan amplio a la objeción de conciencia que les permitiría a hospitales y notarías desconocer los fallos de la Corte Constitucional sobre eutanasia, aborto y derechos de la población LGBT. Leyendo las señales de la época, la Pontificia Universidad Bolivariana cancela un evento internacional para vetar a reconocidos juristas que se atreven a pensar distinto a la doctrina católica oficial.

Ante semejante ola azul, la reacción de muchos columnistas liberales y defensores de derechos humanos ha sido de incredulidad o desdén. Incredulidad, porque los fallos de la Corte hacían pensar que la igualdad y la tolerancia iban ganando la partida. Desdén, porque muchos no conciben que, en pleno siglo XXI, rebrote el país del siglo XIX y el conservadurismo vuelva a ser un rival influyente.

Hacen mal quienes subestiman la agenda conservadora. Primero, porque la reacción era previsible: en todas partes, los avances de los derechos de las mujeres y la población LGBT han disparado intentos de contrarreforma, liderados por las mismas iglesias y los mismos sectores. Segundo, porque los conservadores morales están mejor organizados políticamente que nosotros, sus críticos. En vista de una Constitución progresista, una Corte garantista y un Congreso disfuncional, durante veinte años hemos puesto más fe en el derecho que en la política. Tenemos más experiencia en litigar que en movilizar.

Entre tanto, domingo a domingo, las iglesias hacían el trabajo paciente de organización y adoctrinamiento. Las más exitosas han sido las cristianas, que cautivaron a miles de católicos desencantados y los trajeron a un redil aún más disciplinado y conservador, que llena estadios semanalmente.

El paso a la política corrió por cuenta de pastores que tradujeron el poder espiritual en poder electoral. El caso emblemático es el Partido Cristiano de Claudia Rodríguez de Castellanos, la controvertida exsenadora que lideró la cruzada homófoba contra los proyectos de ley sobre matrimonio igualitario que se hundieron en el Congreso. Su poder fue tal que, cuando se unió a Cambio Radical, logró que el partido de Vargas Lleras votara en contra de dichos proyectos, aunque el ahora ministro había dicho que era partidario de los derechos de la población LGBT. En 2009 saltó al Partido de la U, donde sus adeptos siguen intercambiando respaldo electoral por apoyo a la agenda moral conservadora.

De modo que, a menos que los sectores pluralistas —los jóvenes, la población LGBT, las mujeres y los millones de ciudadanos que no comparten la moral conservadora— se organicen políticamente, es probable que pierdan la partida en el Congreso. No porque “los colombianos sean conservadores”, como lo dijo el presidente del partido azul, ni porque la mayoría de congresistas comulgue con la moral del siglo XIX, sino porque los conservadores están mejor organizados.

Por eso, como lo dije en un blog en La Silla Vacía, el fallo de la Corte sobre matrimonio igualitario tiene un efecto político benéfico. Al devolver el tema al Congreso, crea un incentivo para que el movimiento LGBT se fortalezca y despliegue estrategias que ya ha utilizado creativamente: la movilización por redes sociales, el debate público sobre la discriminación, y el escrutinio de los votos y las opiniones de candidatos y funcionarios. Lo mismo podrían hacer otros movimientos, como el feminista.

Sería una movilización pluralista similar (en actores y valores) a la ola verde, pero sin un partido irresponsable que la destruya. Ante la ola azul, una ola arcoíris.

*Miembro fundador de Dejusticia (www.dejusticia.org).

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