Por: Ignacio Mantilla

El Salto de Tequendama, un salto a la ciencia

Circuló en días pasados una noticia según la cual se dio un paso más en el proyecto de descontaminación del río Bogotá, emprendido entre la CAR y el Banco Mundial, y en el que habrá una inversión de más de 400 millones de dólares.

Esto es sin duda una gran noticia, no sólo para los bogotanos, sino para todos los colombianos, pues la recuperación del río Bogotá no sólo es una necesidad apremiante sino que redundará en beneficio de las próximas generaciones.

Quiero, con motivo de este anuncio, compartir con los lectores el importante significado que ha tenido el Salto de Tequendama desde la naciente experimentación científica en Colombia.

Desafortunadamente, como en otros ejemplos de cuestionables actuaciones, en los últimos 200 años los colombianos nos hemos acostumbrado a que nuestros más importantes tesoros naturales se devalúen como nuestra moneda. A esta conclusión llegué cuando, hace algunos meses, recibí la visita de un investigador del Museo de Historia Natural de Berlín, quien venía a Colombia por primera vez, comisionado para acordar los términos de cooperación académica con la Universidad Nacional.

Tras la reunión le pregunté al invitado qué planeaba conocer en los dos días que estaría en Bogotá. Sinceramente, esperaba que me respondiera que iba a visitar alguno de los sitios turísticos que recomiendan las guías de viaje que comúnmente usan los alemanes, pero su respuesta fue precisa: “sólo tengo tiempo para visitar el Museo del Oro y conocer el Salto de Tequendama”, y ante mi expresión de sorpresa, complementó: “sería imperdonable estar en Bogotá y no conocer ese maravilloso lugar que describió Humboldt”.

En efecto, Alexander Von Humboldt fue al Salto de Tequendama el día 27 de agosto de 1801. En su diario escribió: “…el aspecto del Salto es infinitamente bello. […] yo creo que no existe ninguna caída de agua de esta altura por la que se precipite tanta agua y en la que se evapore tanta”. A continuación Humboldt explica cómo calculó la altura del Salto por diferentes métodos: el barométrico, el trigonométrico y el más confiable: “caída de cuerpos”, que es fascinante. Al respecto extraigo un pequeño texto de su diario: “…Hice lanzar más de 15 veces piedras en el precipicio, diciendo tac cuando la piedra caía perpendicularmente sobre el abismo y tac cuando llegaba al fondo. La piedra no se la puede hacer caer perpendicularmente, sin impulso. La forma del peñasco lo impide. Cronómetro a la mano y numerosos espectadores, suficientemente instruidos, juzgaban si el experimento estaba bien o mal hecho. En todas las caídas no hubo sino 0,4 segundos de incertidumbre, prueba de que los experimentos estaban bien hechos. El tiempo promedio de la caída fue de 6,4 segundos, lo que da, por el cuadrado de tiempo, 108 toesas de profundidad”. (La toesa es una antigua unidad francesa de longitud, equivalente a 1,949 metros, común en esa época).

Este fragmento del diario de Alexander Von Humboldt es una pequeña joya que guarda el testimonio de cómo se realizaba la experimentación científica a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. Este experimento es para deleitarse, cosa que ya es difícil de lograr en el Salto de Tequendama debido a los olores nauseabundos que acompañan la escasa “agua” que lanza el río Bogotá al precipicio.

Es inexplicable, incomprensible e inaceptable que hayamos dejado deteriorar de tal manera el río y hayamos renunciado al atractivo maravilloso y majestuoso de este regalo de la naturaleza, que es el Salto de Tequendama. Peor aún, que hoy debamos esconderlo de los turistas por la vergüenza que nos causa su abandono. Se admira a los israelíes porque han logrado hacer florecer un desierto y nosotros admiramos a los gobernantes que han tenido la capacidad de convertir en cloaca un bello manantial.

El Salto también fue laboratorio para Francisco José de Caldas, quien realizó observaciones meteorológicas en el lugar con el fin de determinar la cantidad de lluvia caída en Bogotá en 1807. Si se revisan los documentos que recogen otros trabajos de las descripciones y pinturas de expedicionarios y viajeros, que recorrieron nuestro país, encontramos referencias como ésta de F. E. Church (1853): “… se trata de las cataratas más maravillosas que jamás haya visto. El río Bogotá, después de un largo, tortuoso, pero tranquilo recorrido por las planicies, se precipita abruptamente por una brecha labrada entre montañas…”. También en guías de la época, como “Le Tour du Monde”, se destinan páginas completas que ofrecen imágenes e invitan a los franceses a conocer el Salto de Tequendama. Y sobra mencionar el significado y las leyendas indígenas en torno a él. El Salto ha inspirado fragmentos tan hermosos como este del argentino Martín García Mérou (1862-1905) “¡Ah! ¡cómo busca el corazón sin calma, / Tequendama! Este cuadro, esta grandeza, / Este terror que purifica el alma / Y en tanta majestad, tanta belleza!".

Por fortuna hay actualmente una nueva conciencia sobre el valor de estas maravillas y anima enormemente conocer esfuerzos como los que realiza la Fundación Granja Ecológica El Porvenir, que actualmente recupera y restaura la casa museo, de estilo francés, ícono del lugar.

Desde la Universidad Nacional, patrimonio de todos los colombianos, un grupo de profesores del Instituto de Ciencias Naturales con estudiantes, principalmente de Biología, viene realizando el valioso trabajo complementario tendiente a establecer el “inventario” de la flora y fauna de la región del Tequendama.

Es muy importante y urgente que constituyamos una fuerte comunidad de amigos del Salto de Tequendama, que propenda por su recuperación y se constituya en un ejemplo de la nueva Colombia, la descontaminada, la del posacuerdo.

Finalmente, mi vocación de profesor me empuja a dejarles una tarea: ¿Cuál es la altura del Salto de Tequendama que calculó Humboldt?, ¿cuál la fórmula de la física que usó? y ¿cuál su altura exacta?

*Rector, Universidad Nacional de Colombia
@MantillaIgnacio 

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