Por: Mauricio Albarracín

Justicia para Yuliana: ¿castigo o feminismo?

El horrible crimen contra la pequeña Yuliana Samboni ha generado una unidad política de izquierda a derecha en torno al rechazo de este hecho y la petición de pronta y cumplida justicia. Sin embargo, dos concepciones de justicia diferentes se pueden rastrear en los debates que se han abierto en las últimas 48 horas.

Las movilizaciones, tanto en las redes sociales como en las calles para rechazar el secuestro, violación y feminicidio de Yuliana, han sido múltiples y han unido gente muy diversa. Por ejemplo, ayer en el parque de Lourdes se dio un hecho histórico: personas de la comunidad LGBTI protestaban junto a reconocidos conservadores, como la procuradora para la familia Ilva Myriam Hoyos. La unidad en torno al rechazo de este hecho es una buena demostración de nuestra madurez como sociedad para rechazar los ultrajes contra los más débiles. Esta unidad tiende a dividirse cuando se analiza bien el tipo de debates que surgen de estos hechos que, sin duda, conmueven la conciencia nacional hasta sus más íntimas fibras.

Los tipos de medidas para entender y afrontar este hecho se dividen en dos: quienes piden mano dura y quienes piden medidas estructurales para eliminar la violencia contra la mujer. Los primeros enfatizan en el castigo como la herramienta privilegiada que debería usar el Estado para enfrentar a estos criminales, a quienes normalmente se atribuyen características de “monstruos”, “degenerados”, “desadaptados sociales” u otros adjetivos que describen la indignación que produce este hecho. Entiendo este sentimiento porque todos lo hemos experimentado. Sin duda, ante las atrocidades, pensamos de manera casi automática en un castigo que retribuya el horror de este hecho. Quienes representan esta perspectiva del problema han pedido medidas como  la pena de muerte, la cadena perpetua, la castración química y otras medidas similares que enfatizan en la severidad del castigo como forma de retribución y estrategia de prevención. Esta reacción de mano dura tiende a ser defendida mucho más por políticos que enfatizan la aplicación dura de la ley y el orden para los problemas sociales.

Otro grupo de personas enfatiza más el carácter estructural de la violencia contra las mujeres. Esta tendencia, en la cual me siento más representado, quiere mostrar que la violencia contra las mujeres y niñas no es casual, accidental o producto de la monsruosidad. Enfatizar en la idea de individuos desviados y en castigos severos no nos deja ver la dimensión cultural y social este tipo de violencia. El pasado 25 de noviembre se conmemoró el Día de la No Violencia hacia la Mujer. La organización Sisma Mujer recordó los datos de Medicina Legal que demuestran el carácter estructural y masivo de la violencia contra las mujeres: cada media hora una mujer es víctima de violencia intrafamiliar y de violencia sexual, cada 12,6 minutos una mujer es víctima de la violencia en pareja, cada 4 días una mujer es víctima de feminicidio. Sin duda el  el dato más aterrador es que cada día 21 niñas entre 10 y 14 años son víctimas de violencia sexual.


Todos los días, nuestras amigas, compañeras de trabajo, madres, hermanas, vecinas, mujeres urbanas y rurales sufren la violencia en silencio. Solo ocasionalmente, cuando la sevicia y la barbarie nos estremece, levantamos la voz contra este tipo de violencia. Nuestras compatriotas son maltratadas, golpeadas, humilladas, violadas y asesinadas por hombres comunes y corrientes. Esposos, novios, padres, hermanos, padrastros, vecinos, compañeros de trabajo o de estudio son los autores materiales e intelectuales de una de las peores pandemias sociales que vivimos: la dominación sobre la mujer. Para erradicar este fenómeno, tenemos que establecer una sociedad de la protección y del respeto por las mujeres y por todas las personas históricamente discriminadas, marginadas o maltratadas. Es decir, tenemos que aplicar más feminismo que nos ha dado una lección de oro a toda la sociedad: la violencia es un fenómeno cultural que hunde sus raíces en las relaciones de dominación y poder que deben ser denunciadas y corregidas.

Sin duda, Rafael Uribe Noguera debe ser castigado con todo el peso de la ley por sus crímenes contra Yuliana Samboni. Pero no nos perdamos en el oscuro laberinto de las ideas primitivas del castigo que se parecen mucho al linchamiento. Superemos el debate del castigo y discutamos más las estrategias feministas para erradicar las causas estructurales que producen la violencia contra la mujer: ¿Qué hacemos en la vida cotidiana para erradicar las estructuras de dominación contra la mujer? ¿Realmente protegemos a nuestras niñas y niños de los riesgos reales que corren? ¿Nos interesamos por los demás cuando nos necesitan o simplemente nos indignamos cuando la tragedia es inevitable? ¿Preferimos castigar duramente a los criminales o proteger solidariamente a las mujeres para evitar la violencia?


*Investigador de Dejusticia. [email protected] Twitter @malbarracin

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