Por: María Elvira Bonilla

La ciudad del encuentro

Una ciudad cambia cuando logra construir lugares de encuentro.

Espacios públicos amables, libres, organizados, seguros y gratos para el ciudadano. Y en eso, Cali ha avanzado. Y quedó confirmado con la toma de la calle que hizo la II Bienal de Danza, donde la gente se volcó no como espectadora de tarima sino como protagonista de la fiesta; con tranquilidad, con alegría.

Nada podía ser más afín al torrente de creatividad que ha tomado forma con el baile —salsa, breakdance, reguetón— como identidad cultural caleña, posmoderna y urbana, y de allí el acierto de escoger a Cali como el escenario para reunir las 12 compañías internacionales, 26 compañías nacionales y 800 bailarines que se encuentran bienalmente durante una semana.

El alcalde, Jorge Iván Ospina, a través de un ambicioso plan de infraestructura identificado como el de las megaobras, se dio la pela política e involucró a la ciudad en su financiación vía valorización. Una decisión que posibilitó dar un salto cualitativo que ha transformado físicamente a Cali y que los ciudadanos han empezado a cosechar gracias a la continuidad que garantizó Rodrigo Guerrero, quien además añadió el Corredor Verde, 22 kilómetros de espacio público dotado con equipamientos para niños y adultos, zonas de trote, pero también cafés y bancas que harán de éste un verdadero pulmón de convivencia.

Durante la administración que termina, Guerrero no sólo ha ido concluyendo las obras, sino que logró una forma de administración eficiente de los nuevos espacios públicos, con la cual ha estimulado el uso de los espacios, evitando su tugurización, garantizando limpieza, buena iluminación, seguridad y estética para que los ciudadanos puedan disfrutarlos plena y permanentemente, como lo están haciendo. Contrasta, la verdad, con el muladar en que el alcalde Gustavo Petro dejó convertir la carrera 7ª de Bogotá, una vía degradada, sucia e insegura, delimitada por unas materas con plantas secas en la mitad de una invasión desbocada de vendedores ambulantes que se pelean la calle con los peatones. El populismo con su falsa disyuntiva de entender la inversión social como un privilegio sólo para los pobres, enfrentándola artificialmente a la de los más pudientes, olvida que la ciudad es un hábitat de todos, base del disfrute colectivo que le incumbe al conjunto de la ciudadanía.

Lo de Cali es ejemplar. El bulevar del río Cali es un recorrido paralelo al río construido sobre un largo túnel que desembotelló el tránsito, del que la gente se ha apropiado como espacio de integración y que se aprovecha funcionalmente para desplazarse, pero también para compartir, como lugar de encuentro. Igual sucede con la plazoleta Jairo Varela, en el corazón de la ciudad, que tiene como atractivo complementario el cine foro Andrés Caicedo, donde se realizan actividades gratuitas, pero también un lugar de encuentro, un experimento que se probará nuevamente con el ambicioso Corredor Verde. El resultado de estos esfuerzos continuados es que los ciudadanos han vuelto a vivir la calle, transformada en esta Bienal de Danza en el escenario del goce, porque, como bien dice la gestora de esta iniciativa, Amparo Sinisterra de Carvajal, “uno no baila peleando”, con lo cual se logra una efectiva distensión de ánimos básica para una convivencia en paz, que es de lo que finalmente se trata.

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