Por: María Elvira Bonilla

La cruzada contra el mal

Después de 12 años se conoció el informe elaborado por la CIA en el que se amparó el gobierno de George Bush para invadir Irak en marzo del 2003, publicado por el periodista John Greenewald en su blog especializado en temas de seguridad.

El documento de 93 páginas tenía como propósito realizar una valoración del nivel de peligrosidad que representaba Irak para la seguridad de Estados Unidos tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.

La información suministrada terminó siendo distorsionada por la administración Bush para obtener el respaldo del Congreso. En ningún momento confirma que Irak contara con armas de destrucción masiva y expresa serias dudas sobre la relación entre la red terrorista Al Qaeda y el dictador iraquí, Sadam Husein, limitándose a señalar que si bien era muy posible que el régimen iraquí estuviera desarrollando programas de armamento nucleares, químicos y biológicos, éste no era aún un hecho. “Irak todavía no tiene capacidad (en el 2002) para crear un arma nuclear, pero podría contar con ella para 2007 o 2009” para realizar actos terroristas en suelo estadounidense. “No conocemos hasta qué punto Bagdad es partícipe activa del uso de su territorio por parte de Al Qaeda para refugiarse”, añade. Contrariamente, el entonces secretario de Defensa norteamericano, Donald Rumsfeld, proclamaba que los servicios de inteligencia contaban con “evidencias a prueba de balas” de la relación entre Husein y la red terrorista, “así como de la presencia de miembros de Al Qaeda en Irak”. El documento señala que una de las principales fuentes de los servicios de Inteligencia, Ibn al-Shaykh al-Libi, quien terminó suicidándose, declaró en su momento que “Irak nunca envió sustancias químicas, biológicas o nucleares a Al Qaeda” en el país centroasiático.

La drástica intervención imperial de Bush, que costó billones de dólares, vista en perspectiva no puede haber sido más que una grave equivocación con nefastas consecuencias en la desestabilización del Golfo Pérsico con sus miles de muertos. Antes que ser una solución, creó las condiciones para el surgimiento de las fuerzas radicales que hoy expresan su ira y rechazo a Occidente con una violencia desbordada, cuyo escenario último fue París. En la cruel prisión de Campo de Bucca que instalaron los norteamericanos en Irak con un régimen violatorio de elementales derechos humanos, se sembraron las bases del radicalismo islámico que tomó forma en el Estado Islámico y se forjaron los líderes que, como Abu Bark, juraron vengar la invasión norteamericana con la destrucción de Occidente.

La reacción enceguecida del presidente francés, François Hollande, ¡socialista!, frente a los demenciales ataques a París, como fue ordenar el furioso bombardeo a Siria y empezar a ver en cada ciudadano de origen árabe que habita el país —muchos y además nacionales franceses— una amenaza, es una mala señal. No hay nada más peligroso que el miedo y la retaliación gobernando las decisiones de presidentes iluminados radicalizados en la cruzada contra el mal, como lo vivimos a escala en Colombia con Álvaro Uribe Vélez. Se sabe cómo empiezan, pero nunca dónde terminan.

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