Por: Klaus Ziegler

Navidad en el hielo: la heroica hazaña de Sir Ernest Shackleton

“Se buscan hombres para viaje peligroso; retorno incierto; sueldos exiguos; frío extremo; meses de total oscuridad… Honor y fama en caso de éxito”.

Así rezaba un anuncio de prensa pagado por quien sería el capitán al mando de la Expedición Imperial Transantártica, la última gran empresa de la edad heroica de las exploraciones polares.

Veintiocho hombres fueron escogidos entre los cientos que respondieron el llamado. Los elegidos emprenderían una travesía sin precedentes: cruzarían a pie el continente antártico, 3000 kilómetros de territorio inexplorado entre el mar de Weddell y el mar de Ross. La expedición era cuestión de orgullo patrio: Amundsen, un noruego, había batido a Robert Scott en una carrera dramática por conquistar el Polo Sur. Ahora sería Shackleton el encargado de recuperar el honor para los británicos.

Dos años duraron los preparativos para el viaje. Shackleton logró reunir 42.000 libras (dos millones al cambio de hoy), cantidad generosa, aunque insuficiente para cubrir los costos estimados. El dinero, sin embargo, alcanzó para equipar un par de contingentes y adquirir dos barcos: el Endurance, nombre inspirado en el lema de la familia, “By endurance we conquer”, y el Aurora. En el Endurance iría el propio Shackleton al mando de catorce hombres. Su misión sería navegar a través del impredecible mar de Weddell en dirección al Polo. Los marineros del Aurora, por otro lado, tendrían la tarea de entrar a través del estrecho de McMurdo, en el otro extremo del continente, e instalar allí campamentos de provisiones. De esos suministros dependería la supervivencia de la expedición en el último tramo de su heroica marcha.

El 8 de agosto de 1914, el Endurance partió rumbo a la Antártida. El viaje se inició sin contratiempos, no obstante el estallido de la Primera Guerra Mundial sorprendiera a los tripulantes en altamar. Para el 26 de octubre, el barco había arribado a Buenos Aires. Tras reforzar provisiones, los exploradores alzaron velas y se encaminaron en dirección de las costas de Georgia del Sur, donde el bergantín de tres mástiles haría su última parada antes de adentrarse en los gélidos mares australes.

El 5 de diciembre zarparon definitivamente hacia su destino final. El viento soplaba muy frío para ser viento de verano, y enormes bloques de hielo se divisaban por todas partes. Con el paso de los días la situación fue empeorando. Durante semanas los navegantes lucharon por dirigir el barco a través de esa banquisa azarosa. Apenas sí eran capaces de abrirse paso por entre los gigantescos témpanos flotantes que amenazaban con atraparlos.

La noche del 18 de enero, el Endurance quedó finalmente aprisionado en el hielo. Shackleton, un hombre ya mayor de cuarenta años, no dudó en unirse a sus muchachos. Armados de sierras, picas y cinceles se dieron a una lucha desesperada por liberar el barco. Pero no terminaban de horadar un canal cuando el hielo empezaba de nuevo a llenarlo. El trabajo resultó infructuoso, no obstante la voluntad inquebrantable de los hombres. Los expedicionarios supieron que había llegado el momento de afrontar la cruda realidad: debían preparase para sobrevivir el temible invierno austral en la inhóspita superficie de un témpano flotante.

El Endurance se convirtió entonces en el único refugio de sus infortunados tripulantes. Para mantener la moral, Shackleton organizó partidos de futbol, carreras en el hielo y hasta obras de teatro. Para entretener las horas de ocio, los hombres construyeron “dogloos”, pequeños iglúes para acomodar a más de un centenar de perros que venían a bordo. El futuro se veía tan oscuro como el cielo del sur en invierno. Las labores se centraron entonces en el aprovisionamiento de grasa de foca y carne de pingüino. Nadie sabía cuánto tiempo podría resistir la embarcación.

Para finales de marzo, la enorme masa de agua congelada los había arrastrado un centenar de kilómetros hacia el norte. Las semanas transcurrieron en medio de terribles dificultades. La temperatura descendía a medida que los días se hacían más cortos y las noches más largas. El primero de mayo el Sol se hundió por completo en el horizonte. La temperatura descendió entonces por debajo de cero, más de cuarenta grados. Durante esos meses aciagos el optimismo indestructible de Shackleton fue lo único que mantuvo en alto la moral de la tripulación.

El Endurance se encontraba entonces a 72°26' de latitud sur, y 48°10' de longitud oeste. Un tempano de unos veinte kilómetros cuadrados lo encerraba. Bajo la quilla, la presión iba en aumento. Shackleton anotó en su diario: "Inmensos bloques de hielo se levantan lentamente hasta saltar en el aire como semillas de cerezas que se resbalan entre los dedos”. Esperaba que en cualquier momento las enormes presiones los hicieran trizas. El navío, sin embargo, resistió otros nueves meses. A la deriva, las corrientes marinas los habían alejado 2000 kilómetros del corazón del continente antártico.

Para finales de octubre la situación había empeorado de manera considerable. Un sonido sordo, ronco y ominoso se alcanzaba a escuchar bajo el casco. Entonces el agua empezó a filtrase, el mástil principal se partió y se vino a tierra en medio de un ruido estrepitoso. Cuando finalmente el costillar se rompió, “un estallido como de grandes fuegos artificiales o como proveniente de la explosión de un polvorín de armas retumbó en medio del océano” [1]. Para entonces, los marineros habían logrado rescatar tres botes salvavidas y una buena cantidad de suministros y materiales, entre los cuales se encontraban los valiosos registros fílmicos de la expedición y las 150 fotografías que hoy perduran como testimonio de esa saga asombrosa.

Con la pérdida del Endurance, Shackleton debía pensar ahora en un plan para salvar a su tripulación. Fue cuando consideró la posibilidad de trasladarse a alguna de las islas vecinas. Sabía que en una de ellas, Snow Hill, 400 kilómetros al norte, hallaría remanentes del campamento de la expedición de Otto Nordenskiöld, de 1902. Pero la temperatura aumentaba y el tempano flotante dejaba de ser un lugar seguro. Shackleton y sus hombres se dieron entonces a la tarea sobrehumana de arrastrar sobre el hielo los botes salvavidas hasta encontrar alguna brecha abierta por donde pudieran embarcarse. La marcha se había vuelto en extremo penosa. Al caminar, los hombres se hundían hasta las rodillas en la nieve, cada vez más blanda, mientras que el agua partía el hielo bajo las tiendas de campaña amenazando con tragárselos. Fue así como los tripulantes del Endurance pasaron la navidad en medio del hambre, del frío extremo y de trabajos físicos agobiantes. Con el dolor de su alma, Shackleton ordenó sacrificar hasta el último de los perros. Tampoco se salvó “Mrs. Chippy”, la gata mascota de la expedición.

Para cuando decidieron embarcarse, las corrientes marinas los habían desviado hacia el noreste. La isla Snow Hill era ahora inalcanzable. Las esperanzas se fijaron entonces en la isla Elefante, 160 kilómetros al norte. El 9 abril de 1916, Shackleton y su tripulación se dieron a la mar en los tres pequeños botes salvavidas en un viaje que duraría cinco días. Su diario recoge el sufrimiento de aquellos hombres que “olían una galleta en la mañana, la lamían al almuerzo, y se la comían como única cena” [1]. Mareados hasta el vértigo, congelados, empapados hasta los tuétanos de agua glacial, hielo y nieve, los hombres del Endurance finalmente llegaron a su destino. Era la primera vez que pisaban tierra firme en más de un año.

La Isla Elefante era un lugar remoto y deshabitado. Shackleton sabía que nadie los buscaría en ese confín antártico. Y el invierno otra vez se acercaba. Fue cuando entonces decidieron emprender lo que se considera una gesta irrepetible, solo comparable con el viaje de Magallanes: él, junto con seis de sus hombres, se embarcarían en un bote de apenas seis metros de eslora. En esa pequeña embarcación cruzarían el océano más temible del Planeta hasta los puestos balleneros de Georgia del Sur, a 1300 kilómetros de distancia. Y aunque las islas Malvinas se encontraban mucho más cerca, las incesantes ventiscas de invierno las convertían en objetivos inalcanzables.

La travesía se inició el 24 de abril de 1916. Ese viaje en un bote abierto resultaba inverosímil: la más mínima desviación o el más pequeño error de navegación hubiesen llevado a Shackleton y a sus hombres mar adentro en un curso sin regreso. Debemos tener en cuenta que disponían de instrumentos rudimentarios de navegación, y que tuvieron que navegar en condiciones donde resultaba imposible guiarse por las estrellas, en latitudes donde el Sol puede ocultarse en la más espesa bruma durante semanas. Además, para llegar a su destino debían atravesar el infame paso de Drake, el más peligroso del mundo. Fue allí donde Shackelton dijo haber visto “la mayor ola en sus veintiséis años en el mar” [1]. Al principio creyó que el clima mejoraba, solo para darse cuenta segundos después de que aquella mancha blanca que se divisaba en la distancia no era un claro en el cielo sino la cresta de una ola monstruosa que se aproximaba con la fuerza de un huracán. No menos terrorífica resultaba la constante compañía de las orcas cuyos resoplidos se escuchaban incesantes durante noches interminables.

Después de luchar durante dos semanas contra los elementos, Shackleton y sus hombres, llevados a los límites de la resistencia humana, divisaron por fin su objetivo. Como si fuera poco, y para más sufrimiento, el desembarco se hizo posible solo dos días después, en medio de una tempestad que amenazaban con estrellar el bote contra los acantilados. Y para mayor desgracia, el lugar de llegada, la bahía del Rey Haakon, se encontraba en el extremo opuesto de la estación ballenera de Stromness, a cuarenta kilómetros de distancia. Y existía otro problema: para alcanzar el otro lado, Shackleton debía atravesar un territorio aún no explorado por ningún humano, un lugar en blanco en el mapa.

Con los pies congelados y hambrientos, los hombres partieron unas horas antes del amanecer. Al despuntar el alba ya habían alcanzado la cima de un nevado desde donde era posible divisar la costa norte. De allí debían marchar hacia el este para llegar a Stromness. Después de ocultarse el Sol, abatidos y exhaustos, el inquebrantable capitán obligó a sus dos acompañantes a seguir la marcha bajo la luz de la Luna: temía quedarse dormido y morir de hipotermia durante la noche. El nuevo día los sorprendió con una vista maravillosa: al amanecer pudieron divisar Husvik, señal de que se encontraban en el camino correcto. La siguiente entrada se lee en su diario: “fue a las siete de la mañana cuando el primer sonido creado por el hombre llegó a nuestros oídos”: era el silbato de la estación ballenera. Unas horas más tarde arribaron al campamento. El hombre que los recibió no podía dar crédito a sus ojos: tres figuras esqueléticas con el rostro quemado y la barba congelada afirmaban ser sobrevivientes de la Expedición Imperial Transantártica.

La mañana del 30 de agosto, cuatro meses después de que Shackleton hubiera partido en busca de ayuda, el resto de los hombres del Endurance, aún en la isla Elefante, enfermos, famélicos, y al borde de la locura, pudieron divisar un pequeño navío que se acercaba. Era el Yelcho, un vapor facilitado por el gobierno chileno. En él pudieron distinguir la silueta de un hombre de mediana estatura. En medio del júbilo, y agitando los brazos en alto, corrieron hacia la playa. Con lágrimas en los ojos pronto reconocieron a su capitán, a quien daban por muerto. Shackleton tampoco podía creerlo: ¡aún se encontraba con vida cada uno de sus muchachos!

[1] Alexander, C. (1998). The endurance: Shackleton's legendary antarctic expedition. New York.

Feliz Navidad.
 

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