Por: Daniel García-Peña

Obama: ¡qué falta nos hará!

Es prematuro especular sobre el legado histórico de Barack Obama, que sólo se definirá con el tiempo, pero sí cabe hacer un primer balance.

Su mayor contribución fue la reforma al sistema de salud, algo que varios de sus antecesores habían intentado sin éxito. Amplió el seguro a más de 20 millones antes desamparados y pase lo que pase con el anunciado desmonte que promete Trump, ya estableció unos parámetros de cobertura y beneficios que difícilmente se pueden echar todos para atrás.

Otro de sus principales logros, aunque pocos se lo reconocen, fue haber sacado a USA de la mayor crisis económica mundial desde la Gran Depresión, más rápida y más sólidamente que el resto de los países industrializados, rescatando de paso a la industria automotriz de la quiebra y salvando al sistema financiero del colapso.

Durante su administración se legalizó el matrimonio igualitario. Lideró a nivel mundial la lucha contra el cambio climático y fue determinante para la firma del Acuerdo de París. Con Irán, demostró que la diplomacia es más efectiva que la guerra. Rompió con la política fallida por décadas con Cuba normalizando relaciones, algo que toda América Latina pedía hace años. Retiró las tropas de Irak y en Afganistán mantuvo solo una fracción, cumpliendo con su promesa como candidato.

Sin embargo, sus críticos alegan que el retiro de tropas creó el vacío donde nació y se desarrolló el Estado Islámico. Es evidente que su política de no mandar tropas pero sí bombardear, muchas veces con drones, ha sido un desastre en Libia y Siria. Y Rusia ha hecho lo que se le ha dado la gana.

Obama la tenía muy difícil desde el comienzo. Además de tener que lidiar con la Gran Recesión, contó con la férrea oposición obstruccionista de los republicanos, que le bloquearon muchas de sus iniciativas, como el cierre de Guantánamo y el control de armas. Pero quizá su mayor frustración es dejar al país profundamente dividido cuando lo que lo lanzó al escenario nacional en 2004 fue su discurso de unidad.

Así como en las leyes de la física, también en la política cada acción produce su reacción. Después de las reformas sociales del New Deal en los años treinta, vino el macartismo en los cincuenta; luego de los avances de los derechos civiles en los sesenta, llegaron la represión de Nixon en los setenta y el neoliberalismo de Reagan en los ochenta. Que un presidente progresista y el primero afro-americano sea sucedido por un billonario blanco racista y reaccionario no es más que otro ejemplo del cruel péndulo de la historia.

De todos modos, Obama elevó el ejercicio de la política. Inspiró a millones de jóvenes a participar. Su gobierno termina con cero escándalos, que no es poca cosa después de la Halliburton de Bush, las Lewinskys de Clinton, el Iran-Contragate de Reagan y los conflictos de interés que ya le están estallando a Trump. La presencia de Michelle Obama le dio nueva altura a la figura de la primera dama, combinando la elegancia de una Jackie Kennedy con la inteligencia y compromiso social de una Hillary Clinton.

No obstante, con frecuencia el tono conciliador de Barack Obama se interpretó como debilidad, su altruismo como ingenuidad y su inteligencia como arrogancia. Para muchos, se quedó corto frente a las expectativas de cambio y fue tímido frente al establecimiento, descontento que recogió Bernie Sanders. Sin duda, Obama no es un socialista ni un revolucionario.

Pero no hay que olvidar que la política es el arte de lo posible. Estos ocho años dieron muestras de la potencia del idealismo, pero también, de sus límites. Nos recordó que los poderosos en Estados Unidos son los más poderosos del mundo, que el profundo racismo de su sociedad aun está lejos de ser extirpado y que el miedo y resistencia al cambio son tenaces. Y que, por tanto, los procesos de transformación son lentos y complejos.

Por ello, digan lo que digan, para mí Barack es un verraco. ¡Qué falta nos hará!


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