Por: María Elvira Bonilla

Una reflexión, un adiós

Colombia está cambiando.

Cambios que se dan en y desde la periferia, en territorios extensos, lejanos y ajenos a la dinámica de las ciudades. Cambios que llegan de abajo hacia arriba, como son los cambios profundos. Todavía no se comprende, no se dimensiona el significado que va a tener para la gente poder vivir sin matarse, sin que los maten. Por sus ideas, por sus posiciones, por sus luchas. Una violencia, un ambiente de violencia tan prolongado como el que se ha padecido, termina por interiorizarse y se integra como una forma de conciencia colectiva reguladora de comportamientos; las sociedades aprenden a sobrevivir sumidas en una especie de duermevela entre la zozobra y la calma, el miedo y la tranquilidad. Colombia lo ha vivido, atrapado en un largo conflicto armado de más de medio siglo y de una democracia restringida que tendrá y podrá irse ampliando.

Las repercusiones de la firma en La Habana de los acuerdos de paz son impredecibles en sus diferentes dimensiones, en lo urbano y lo rural, en lo local y en lo nacional, pero ya empiezan a verse las primeras señales de cambio en los pueblos y veredas de esa Colombia rural. Aquella que ha sido el teatro principal de la guerra y sus habitantes en muchas zonas han soportado distintas formas de control armado. La disminución de las acciones violentas en este año que termina da un atisbo de lo que puede ser un futuro sin guerra. Empieza a emerger un nuevo país que hay que descifrar.

Gran desafío el que tiene el periodismo por delante en las nuevas circunstancias del país, en términos de responsabilidad y de manera de abordar el oficio. El llamado es a dejar la zona de confort urbano y retomar el camino de la reportería para presentar y abordar esas nuevas circunstancias, revelándolas. Llegó la hora de sintonizarse con esa Colombia profunda, con protagonistas hasta ahora desconocidos pero reales y determinantes, que deberán estar en el centro de las historias, de los relatos; ellos con sus vidas individuales y los colectivos sociales con toda su capacidad transformadora, libres de la satanización que la guerra.

Esta percepción de estarnos asomando a un país distinto que se desperezará también en lo político con nuevos liderazgos y nuevas voces y expresiones está ligada a la decisión de despedirme de este espacio de opinión que me ha concedido durante estos años El Espectador.

Quiero dejar de opinar desde el escritorio, contagiada de la falaz omnipotencia bogotana, de las categorías y las generalidades gobernadas por la ignorancia y el desconocimiento del país real, y liberar esa mirada contaminada de declaraciones oficiales en boca de personajes efímeros y poco sustanciales, pero que imponen la agenda informativa nacional.

Estamos, y lo digo con convicción, frente a una experiencia social inédita que nos exige llevar a fondo el sentido profundo, la razón de ser de nuestro oficio de periodistas: ayudar a comprender con complejidad, recuperando la capacidad de asombro y volver a hacer de la realidad el motor de la inspiración. Gracias, queridos lectores de tantos lunes.

Buscar columnista

Últimas Columnas de María Elvira Bonilla