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Juan David Correa Ulloa 24 Ene 2013 - 11:00 pm

Ojo a las hojas

Otoño

Juan David Correa Ulloa

Aki descubre un buen día que oír a Mozart es comprobar que vivir y morir son una misma cosa.

Por: Juan David Correa Ulloa
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Ese despertar ocurre un año después de haberse separado de Yasuako. Y en ese momento entiende que ha tocado el sentimiento sublime de la vida. Lo sublime, como quería Kant, es grande y inaprensible, pero por eso mismo, nos hace sentir arropados por la inmensidad. La anécdota está contada en una de las hermosas cartas que ha decidido escribirle a Yasuako tras encontrárselo por casualidad en el monte Zao, un centro de baños termales al norte de Japón. Y a su vez, la anécdota, hace parte de la hermosa Kinshu, Tapiz de otoño, del escritor japonés Teru Miyamoto.

Las novelas epistolares tienen una tradición en la literatura del mundo, y algunas de ellas son piezas de verdadera belleza. Así ocurre con Kinshu, pues la intimidad de una pareja que se ha divorciado aparece con especial intensidad en sus páginas. Aki ha decidido rehacer su vida tras descubrir que no hay nada peor que una traición imperdonable. Yasuako era el heredero escogido por su padre para ser la cabeza de un emporio de la construcción, pero un viaje a Kobe lo cambió todo.

Esa noche de hace diez años, Yasuako decidió terminar una velada de trabajo yendo a un club nocturno. Allí quería encontrarse con una misteriosa mujer con quien terminó en un hotel de mala muerte. Esa noche habría de ocurrir la fatalidad: ella decide suicidarse mientras él duerme, pero antes cortarle el cuello a él. La vida y la muerte se encuentran en ese instante: él sobrevive, ella muere. Ese hecho marca, por supuesto, el final de la relación. Aki y su padre, desilusionados, le piden a Yasuako que debe irse. Y así, diez años después, ella decide tratar de entender lo ocurrido.

Paso a paso, con una escritura llena de matices que van de la naturaleza a los sentimientos, Aki pide una explicación. La correspondencia entonces resulta el resumen de dos vidas que se trenzan en un sentimiento parecido a la melancolía. Después de doscientas páginas que se leen como si las hojas del otoño fueran cayendo sobre el lector, uno entiende que el dolor de quienes se han separado es un duelo permanente por lo que saben es imposible de reparar. Teru Miyamoto nació en Kobe, en 1947, y aunque es el primer libro que leo, presiento que es uno de esos escritores cercanos a Akutagawa y Tanizaki.

  • Juan David Correa | Elespectador.com

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