Por: Augusto Trujillo Muñoz

Otra cara del problema

La historia del diferendo con Nicaragua es una sucesión de desaciertos e inadvertencias.

De tiempo atrás Enrique Gaviria Liévano formuló la tesis del “archipiélago de Estado”, que mereció el respaldo del ex presidente López Michelsen, pero no fue atendido. Ricardo Abello Galvis casi vaticinó un resultado adverso, en términos que debieron prender alarmas en la Cancillería. Tampoco fue atendido. Ahora Rafael Prieto Sanjuan, refiriéndose a los jueces de La Haya, señala que el gobierno colombiano votó por algunos de ellos. Tal cosa le resta autoridad política, jurídica y moral para cuestionarlos.

Un informe especial sobre San Andrés contenido en la última edición del periódico de la Universidad Nacional pone de presente que Colombia no tuvo Cancillería para evitar improvisaciones ni para preparar el ánimo frente a posibles resultados negativos. Tampoco tenemos canciller para gestionar el post-fallo. Decir ahora que el enemigo no es Nicaragua sino la CIJ, o que el país se abstiene de cumplir la sentencia es hacerle trampa a los hechos y al derecho.

Pero hay otra cara del problema. Salvo voces populistas, siempre presentes en estos sucesos, las opiniones serias inducen a pensar que Colombia debe asumir una política de proyección sobre el Caribe. Los colombianos conforman una patria multinacional que, casi nunca, se ha reconocido en su condición diversa. Colombia es un país andino, por supuesto. Como el que más entre sus homólogos. Así mismo es un país del Pacífico; y orinoco-amazónico con llanos y selvas que guardan inmensas potencialidades.

Pero también es un país caribe. Por no tener conciencia de su diversidad, ni de la importancia de sus áreas fronterizas perdió la costa de Mosquitos, el departamento de Panamá, el mar territorial sanandresano, para no hablar de los territorios perdidos en sus fronteras del oriente y del sur. Francisco Avella, profesor de la sede Caribe de la Universidad Nacional, escribe en UNperiódico, que los raizales de San Andrés no entienden el patriotismo, exacerbado ahora, de Bogotá y Managua. Allí no defienden sus intereses sobre el mar que, para ellos, nunca tuvo fronteras.

Antes que por una soberanía entendida según el registro del siglo xix, agrega el analista, los sanandresanos quieren “una autonomía que les permita seguir unidos cultural, económica y fraternalmente a los pueblos creole anglófonos del Caribe occidental”, sin dejar de pertenecer a Colombia, como fue su decisión voluntaria. Tales situaciones no se resuelven dentro de la óptica clásica del estado-nación.

La Universidad Nacional anuncia su intención de contribuir al análisis de unas definiciones autonómicas para el archipiélago. Igual ofrecimiento podrían hacer otras universidades, la Academia Colombiana de Jurisprudencia y los centros de estudios de derecho constitucional e internacional. También se requiere el compromiso de las instituciones académicas y centros de estudio de Nicaragua, de las islas Swan, de la misma Jamaica y de otros países de la subregión. Sólo así, concluye Avella, se podrán recuperar “los lazos culturales que las soberanías a ultranza han destruido”.

*Ex senador, profesor universitario, atm@cidan.net

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