Por: Mario Morales

La otra primavera

Se sienten cerca. Su presencia fÍsica y su mensaje. Directo, pertinente, necesario. La llegada del papa Francisco a Brasil lo es también a los pueblos pobres de América, que son los más en número y en exclusión. Como el nuestro.

Venir al tercer mundo, al que sigue perteneciendo Brasil, a pesar de su crecimiento, por su enorme tasa de desigualdad, no es más que la continuidad de lo que ha sucedido en estos casi cuatro meses que han transcurrido desde que fue elegido.

En sus homilías, pero especialmente desde aquel lavatorio de Jueves Santo en el que besó los pies de doce reclusos de un reformatorio de menores, dejó claros los lineamientos de su pontificado: la opción preferencial por los pobres y la sensibilización de los jóvenes con sus sueños de cambiar el mundo.

Así llegó a este continente: Antes que proselitismo religioso, un estado de agitación permanente del espíritu para recuperar la verdadera esencia cristiana. De vuelta al espíritu de los primeros tiempos, del lado de las comunidades excluidas, las que nunca cuentan; de los, como diría Buñuel, olvidados.

Es claro su mensaje espiritual del Dios vivo y presente, “Dios misericordioso que nunca castiga”. Y su mensaje político: “nos hemos acostumbrados a que ciertas personas son descartables”. Y su mensaje frente a la globalización devastadora en medio de “la antinomia de los que entran y los que sobran”. Y su mensaje social que sincretiza a los apóstoles Santiago y Pablo: “Plegarias y acciones tienen que ir unidas”.

“El efecto Francisco” como ha sido denominado mediáticamente, revive la esperanza y recuerda con fuerza el anuncio del pasado 13 de marzo: Habemus Papam.

Más allá de que haya aumentado el número de fieles en confesión, o la asistencia a misa, la imagen del papa que no sube el vidrio, que se mueve en vehículos abiertos y que rompe la pompa y los protocolos, es también la imagen de un Cristo que vuelve con humildad pero con decisión adonde hacía falta. La otra primavera.

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