Por: Diana Castro Benetti

La otra revolución

Hoy, ir despacio es un contrasentido. Se asocia toda lentitud con ineficiencia o estupidez. Ambas igual de peligrosas para un modelo de vida que hace de la aceleración su única bandera.

Rapidez en el crecimiento, en las ideas, en el consumo y hasta en el fin del mundo. Todo llega de afán y para mañana es tarde. Quien no se ajuste al ritmo de lo vertiginoso tiene líos tan serios que arriesga trabajo e identidad y también puede quedar confinado a los márgenes y a las fronteras. Mantener la calma o no seguir los dictados del consumo es ir contracorriente o, para algunos, ser todo un verdadero insípido.

Sin duda, el itinerario interior también ha ido contagiándose del cambio de velocidades. Se fue llenando de los últimos secretitos del poder interior y de la increíble oferta de una sociedad de información muy apresurada. El camino personal está teñido de ascensos, escalas y tácticas que corren de un lado para otro o hacen contorsiones módulo tras módulo. Hoy sólo progresa aquel que sigue ciegamente las ofertas del mercado o se capacita a costa de su tarjeta de crédito. Anclarse solamente en el avance acelerado y vertiginoso no es sinónimo de éxito inmediato, como tampoco es garantía de felicidad y, mucho menos, de recibir vía online la sabiduría de viejos sabios.

Pero todo sirve. Sirve la angustia por ser alguien y mejor; sirve aumentar la energía y la vitalidad; sirve ser parte del movimiento globalizado y perseguir nuestra causa; sirve que otros nos den un espaldarazo y sirve que nos creamos cercanos a la iluminación. Sirve que hablemos de lo aprendido y dictemos talleres. Sirve, también, reservar la primera fila y desnucarnos por el curso del último gurú de los negocios, de la política o del corazón. Todo sirve porque en algún inesperado momento irrumpe la atención consciente para comprender lo evidente.

Pero, tal vez sirve más no agitarse demasiado, ni salir a comprar la inconsciencia. Sirve más andar lento, valorar la sencillez y optar por el camino del medio. Sirve andar contento además de agradecido y, por qué no, reconocer que con los afanes de los días no llegaremos lejos. Ir despacio es abrir los ojos para observar con calma otras manos, el bullicio de la plaza y los afanes. Es esperar lo que ha de llegar antes de que se manifieste o invitar a la delicadeza para escuchar el cambio sutil de las relaciones, de los momentos y de los poderes. Es respirar tan suave como para ser el olor del jazmín y toda la lluvia. En últimas, es la contravía de quienes le apuestan a una vida simple, lejos de la esclavitud de los minutos, donde esté la belleza de siempre, la del amor, esa que puede observarse con parsimonia antes de que llegue el tiempo.

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