Por: Arlene B. Tickner

Otro mundo es posible

El cambio climático ya es un hecho que pocos se atreven a negar y en cuyo acrecimiento la actividad humana ha sido la principal culpable.

Según el más reciente informe del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC), la disrupción climática antropogénica es severa, extendida e irreversible. Sin cambios en los niveles actuales de emisiones de gases de efecto invernadero, el riesgo (palabra empleada 351 veces en tan sólo 127 páginas) para el planeta y sus habitantes será entre alto y muy alto al finalizar el siglo XXI. Además de los problemas causados por las variaciones extremas del clima y los aumentos en el nivel del mar, se prevé la agravación de los conflictos violentos, el aumento en el número de refugiados, reducciones en el cultivo de alimentos y la disminución de la vida marina provocada por la acidificación de los océanos. Se trata, sin lugar a dudas, de la mayor amenaza a la salud, por no decir a la existencia humana misma, de la historia contemporánea.

En años recientes, la ONU se ha mostrado incapaz de jugar un papel proactivo en la creación de acuerdos que permitan frenar la velocidad con la cual los seres humanos estamos degradando nuestro entorno. En parte, la resistencia a asumir los sacrificios necesarios, tanto de gobiernos como de corporaciones, se debe al temor por los costos de las medidas de protección ambiental y sus efectos sobre la productividad y el crecimiento económico. La afectación del capital de los líderes políticos, cuyos tiempos electorales son de corto plazo, constituye un desincentivo adicional para adoptar estrategias que, aunque urgentes, no producen réditos inmediatos. La importancia de la Cumbre Climática realizada ayer en Nueva York se halla, tal vez, en la visibilización de algunos esfuerzos en curso por reducir las emisiones de gases invernadero y el anuncio de nuevos compromisos y medidas por parte de los jefes de Estado y empresas participantes con miras a la suscripción de un tratado global efectivo en la próxima cita internacional ambiental de finales de 2015 en París.

En su nuevo libro, This Changes Everything: Capitalism versus the Climate, Noemi Klein realiza un análisis fascinante sobre el papel del capitalismo neoliberal en la generación de la crisis actual. Su crítica gira en torno a la visión extractivista que sostiene este modelo, en la que el medio ambiente sólo tiene valor como mercancía, así como al rechazo del neoliberalismo a la acción colectiva y la regulación de las fuerzas de mercado que el combate eficiente al deterioro planetario exige a gritos.

Empero, no todo está perdido. Según Klein, aunque ya no es posible salir del hueco en el que el consumismo nos ha metido, es razonable pensar que los seres humanos seremos capaces de transformar nuestra relación con el mundo natural. Hace pocos días, más de 500.000 personas realizaron marchas en 161 países distintos con el fin de aumentar la conciencia global sobre el problema del deterioro ambiental, y ejercer presión en los gobernantes y el sector privado para que lo enfrenten con mayor firmeza. Lo que queda claro de esta movilización masiva es que el cambio climático ya no es sólo asunto de los “verdes” sino de todos. Como en otros momentos extraordinarios de la historia en los que los seres humanos se han contagiado de la necesidad de actuar para salvarse, Klein nos invita a pensar que otro mundo también es posible ahora.

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