Por: Piedad Bonnett

Otro país

Cuando en Colombia exclamamos, renegando, ¡qué país!, ¿en qué pensamos? Muy probablemente en su clase política, con su desidia de siglos y su corrupción y su ineptitud y su descarado desinterés del bien común.

Pero también en un problema de idiosincrasia del colombiano, en su frecuente falta de respeto por el otro, en su picardía, en su indiferencia frente a los grandes problemas nacionales, en su poca capacidad de protesta. O en la crueldad de su violencia de años y años, en su inequitativa repartición de la riqueza, y en la falta de presencia del Estado en tantas zonas de Colombia. La lista es larga y muy seguramente la expresión intenta abarcar todas estas cosas; cuando nos quejamos, o nos indignamos, la palabra país es un saco que llenamos con todo lo que percibimos que anda mal en el país político y en la cultura que lo sustenta y que engendra nuestros peores vicios. A veces, en cambio, decimos ¡qué país! de otra manera: para alabar sus extraordinarios paisajes o la amabilidad y la diversidad de su gente. En este caso, infortunadamente, la lista suele ser mucho más corta. Sin embargo, la palabra país da cuenta de una realidad más amplia, que la mayoría de colombianos no conocemos verdaderamente, sobre todo porque en los últimos años nos fueron vedados muchos de sus caminos. Colombia, con sus infinitos matices y sus diferentes etnias y sus complejos problemas difícilmente nos cabe en la cabeza.

La palabra patria pareciera apuntar a otra cosa: a un legado que recibimos de nuestros antepasados, de nuestros padres, y que comprende una lengua que entendemos en todos sus guiños, a unas costumbres, a una naturaleza y a unas memorias compartidas por generaciones y generaciones. Lo malo es que la palabra, por muy manoseada que esté, se ha ido viciando. Y es que hay dos formas de interpretarla: la íntima, la entrañable, de la que se habla sin aspavientos y que nace del reconocimiento de un legado que mueve nuestros afectos; y la de los manuales escolares y los discursos de los politiqueros, hecha de retórica, de lugares comunes, de falsas exaltaciones. La patria de los símbolos vacíos y la mano al pecho, que sirve a los populismos y a las tiranías, y a los desbordamientos emocionales de las masas que se encienden y se apagan con idéntica facilidad. Y en cuyo nombre la historia ha cometido siempre atropellos.

Esta última manera de hablar de patria, de dolor de patria o de orgullo patrio me antipatiza. Y me causa desconfianza, porque casi siempre va cargada de mentira y burdo sentimentalismo. Y, sin embargo, debo reconocer que, así como otros se llenan de emoción patriótica cuando ven a Shakira cantando en Tokio o a Falcao metiendo goles en España, a mí se me agita el corazón con orgullo colombiano todos los años, cuando visito Expoartesanías. Porque ella, con su explosión de autenticidad, de tradición, de oficio, es, precisamente, síntesis del país. De otro país: del laborioso, esforzado, sensible, generalmente pobre, que se opone al país politiquero, al mafioso y violento. Porque nos acerca nuestras regiones y nuestras etnias, y nos permite apreciar, al lado de la pervivencia de unas tradiciones —el barniz de Pasto, las hamacas de San Jacinto, la cerámica de la Chamba—, el talento de lo nuevo. Y nos hace ver la belleza que abunda en el trabajo de pequeños talleres de familias, de agremiaciones, de cooperativas. La feria de artesanías ha ido ganando en rigor y en organización, y recorrerla es un verdadero placer. Nunca un eslogan estuvo mejor puesto: Aquí tejemos los sueños de todo un país.

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