Por: Reinaldo Spitaletta

¿Otros tres Caínes?

Una salvedad: escribir sobre políticos (o politiqueros) es estar al borde de la náusea.

Tienen la habilidad del camaleón, saltan de una facción a otra, según las conveniencias e intereses, pertenecen a la tribu de los oportunistas. Y envilecen el oficio de payaso. Es lo que sucede ahora en el cruce de fuegos entre Pastrana, Uribe y Santos. Este último puso de escudero al que Andrés (así se presentaba cuando fue candidato presidencial) llamó el “camarero de Pablo Escobar”.

El presidente Santos, al que su vicepresidente invitó a tomar tinto con sus cuestionadores para calmar los ánimos, se ha mantenido impertérrito frente a los botafuegos, que supuran por las conversaciones de La Habana. Y que, sin proponérselo quizá, vuelven a tocar puntos de las historias de los que han manejado a su antojo este paisito de broncas y entreveros. Lo curioso es que, precisamente, Santos sirvió a uno y otro, a Pastrana y Uribe, como ministro de Hacienda y de Defensa, respectivamente, cuando puso a los colombianos, con una manida frase de Churchill, a chorrear “sangre, sudor y lágrimas”, y en la del otro, el guerrerista, se hizo célebre por los “falsos positivos” y por los bombardeos contra aquellos que hoy tiene en la mesa de negociaciones.

Como caso simpático, si es que el término cabe, tanto a Pastrana como a Uribe los eligieron las Farc. Uno, por salir fotografiado un enviado suyo con Tirofijo, y el otro, ante el fracaso del Caguán. Y hoy, como no puede faltar en un país que vive entre lo trágico y lo cómico, vuelven los dos expresidentes a molestar al que fue su pupilo y seguro servidor, que con aquellos estaba haciendo carrera política hacia la presidencia.

Hace algunos años, en 2007, Pastrana se dejó ir contra Uribe, al acusar a su gobierno de estar legalizando a los narcotraficantes, y antes, en 2004, ya le había pegado una vaciada al decirle que era un comprador de conciencias para el asunto de la reelección. “No me gusta que el presidente reforme la Constitución para beneficio propio”, dijo el hijo de Misael por aquellos días. Tiempo después, Uribe, para acallarlo, lo cooptó y lo nombró embajador en Washington. Cosas de la política. O del ajedrez.

Hoy, la ha emprendido contra quien fuera su ministro de Hacienda, que, a lo mejor, por qué no, aspira a que las Farc lo reelijan. El cuento es que se ha armado una turbulencia por las declaraciones de Pastrana, quien, según él mismo, no es un mentiroso, aunque el ministro del Interior actual, Fernando Carrillo, haya dicho que aquél “ha hecho de la mentira una forma de reencaucharse políticamente”. Al mismo tiempo, le recordó al expresidente que la pérdida de una enorme porción de mar territorial en el Caribe le va a salir más cara en la historia que el estrepitoso “cogobierno” que en el Caguán hizo con las Farc.

Habría que agregar que no sólo el gobierno de Andrés Pastrana tuvo culpabilidad en la pérdida de mar territorial frente a Nicaragua, sino, también, Uribe y sus dos cuatrienios. A propósito, Carrillo ha calificado al “tuitero” del Ubérrimo como una “amenaza” para la paz de Colombia.

Para voceros del gobierno actual, que además por mandato constitucional debe cumplir con la búsqueda de la paz, el país se “derechizó” después del Caguán, en los períodos de Pastrana y Uribe, que, de acuerdo con el mininterior, “cambiaron la cartilla de la paz por la de la guerra” (El Tiempo, 31-03-2013). Lo que olvida el palafrenero es que de dichos procesos de “derechización” participó Santos, como parte de esos mismos gobiernos.

Lo que no debe perderse de vista en el debate es que tanto Pastrana, como Uribe y Santos, entregaron y siguen entregando el país a las transnacionales, que los suyos no han sido ni fueron propiamente gobiernos a favor de los desprotegidos y marginados. Y que han sido partícipes de la feria de privatizaciones y de magnánimas concesiones a las corporaciones multinacionales. Los tres, con distintos matices, han estado al servicio de la oligarquía.

Insisto: escribir sobre politiqueros no deja de producir asco. O risa, para no ser tan dramáticos.

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