Por: Julio César Londoño

Pa que se acabe la vaina

La Revista Arcadia trae un artículo de Catalina Holguín contra el reciente libro de ensayo de William Ospina, Pa que se acabe la vaina.

Holguín le ha seguido la pisada a Ospina, si juzgamos por sus precisas alusiones a otros libros del tolimense, y es una lectora irónica y sensible: “Es un texto programado para que el lector se indigne, se indigne de furor patriótico y se maraville con el lenguaje mismo”. No traga entero la señora, por más aromático que sea el bocado.

Una vez reconocido el estilo, Holguín la emprende contra el fondo. “Ospina martilla con notoria recurrencia la tesis ya conocida y compartida por todos los bandos ideológicos: Colombia es un país jodido por su clase dirigente y merece mejor destino”. Otra cosa piensa Holguín: todos somos culpables. “Todos nos sentimos más cómodos culpando a los políticos y a los ricos de nuestros desastres en vez de tomarnos el trabajo de evaluar nuestras propias responsabilidades”. Es una tesis más democrática que la de Ospina, sin duda, pero me deja una intriga: ¿qué culpa arrastra esta buena señora –me pregunto– para ponerse al lado de sujetos como Laureano Gómez, Rito Alejo del Río, Sarmiento Angulo y Turbay Ayala?

Luego, esta espontánea co-responsable de la tragedia nacional enumera despectivamente los recursos retóricos de Ospina, entre ellos la enumeración, pero olvida decirnos que Ospina es un maestro de esta figura, que nunca se limita a ensartar nombres sino que agrega siempre, con propiedad y cortesía, una frase definitoria a cada elemento de la enumeración.

“También Colombia –escribe Ospina– buscaba nombrarse en los poemas, también aquí la prosa perseguía la historia. Muchos novelistas intentaron atrapar la clave de la violencia: Osorio Lizarazo, persiguiendo la verdad tumultuosa de Bogotá alumbrada por los incendios; Tulio Bayer, rastreando los conflictos humanos que acompañaban la construcción de la Carretera al Mar; Daniel Caicedo, poniendo al Viento seco a narrar los días atroces y la impiedad de los crímenes; el propio García Márquez en La mala hora, haciéndonos vivir el clima de zozobra de los pueblos donde crece la discordia; Gustavo Álvarez Gardeazábal, retratando su pueblo del Valle bajo las alas de la muerte”.

Holguín lamenta que no haya en el libro una sola referencia bibliográfica, ni títulos de libros de historia, ni siquiera los títulos de los poemas citados. Aquí no sé qué pensar. No sé si Holguín tiene razón, o apenas nostalgia de las normas Icontec.

Lo cierto es que, por andar midiendo las sangrías, Holguín no advierte lo esencial: Pa que se acabe la vaina es una historia de Colombia contada en clave literaria y musical. Allí descubrimos cómo esos poemas que creíamos que sólo hablaban de lunas y crepúsculos, y esas canciones que parecían llorar penas de amor o celebrar aventuras de amigos, son, además, una cifra exacta de nuestra historia.

Las canciones y los poemas intercalados en el libro cumplen una doble función: apuntalan los argumentos del autor y obran como un bálsamo contra el sartal de infamias del bicolor siglo XX colombiano (en realidad fue fucsia: rojo + azul + babas).

A pesar de la mala leche y el buen humor del título de la reseña de Holguín (“En mis notas soy extenso”, otro verso de La gota fría, como el título del ensayo) hay que decir que estamos ante un libro acuñado con una síntesis precisa. Por esto, y porque no se interrumpe con citas y pies de página superfluos (es un ensayo literario, no una monografía académica), en sus doscientas páginas caben perfectamente cien años de política, música y literatura colombianas. Debería ser material de lectura en los colegios y las universidades.

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