Por: Julio Carrizosa Umaña

Paces imposibles

La paz no pasará de ser un sueño si no comprendemos en qué país vivimos.

Los que pensamos que el acuerdo final es el mejor posible, los que votaron No porque piensan que viven en la mejor de las democracias, los que no votaron porque creen que ya ganaron la guerra o porque ya no aceptan nada que venga de los políticos. Todos reflexionamos muy poco acerca del país que se formó durante estos últimos setenta años de guerra.

Para darse cuenta de las incoherencias entre las propuestas políticas y económicas y la realidad del país bastaría leer los resultados del censo rural, los estudios del Instituto Geográfico Agustín Codazzi que se ya se publicaron acerca de la calidad de sus suelos o los informes de los institutos vinculados o adscritos al Ministerio del Ambiente y del Desarrollo Sostenible, el Ideam, el Humboldt, el Invemar, el del Pacífico.

Todas estas fuentes demuestran la extrema complejidad del territorio y la gravedad del deterioro que los ecosistemas han sufrido durante estos años de guerra y de mal manejo. Si los políticos y los economistas tuvieran en cuenta lo que dicen los científicos acerca de las características estructurales y el deterioro actual de los ecosistemas en donde vivimos, es probable que fueran mucho menos optimistas cuando proyectan la disminución del narcotráfico, el aumento de la producción agropecuaria o los beneficios de la minería y de la extracción de petróleo.

Sin embargo, la gran mayoría de los científicos políticos, de los economistas y de los políticos activistas cree que esa información acerca de los ecosistemas no importa, que la voluntad y la innovación serán capaces y suficientes, si se siguen los dogmas correctos, de construir la paz en ese país deteriorado y de extrema complejidad. Eso no es extraño, obedece a las creencias que los modelos dominantes de izquierda y de derecha han difundido en las universidades, pero lo inaudito es que esos optimistas perennes tampoco reflexionan acerca de las graves condiciones humanas y sociales en que los colombianos, todos los colombianos, hemos quedado después de setenta años de guerra, de narcotráfico, de pobreza y de corrupción.

Afortunadamente ya hay grupos de psicólogos y de otros científicos sociales colombianos que están afrontando la triste labor de pensar acerca de los traumas físicos y mentales que sufren muchísimos colombianos, incluso algunos de los que toman decisiones políticas. En medio de esos dos deterioros, el físico y el humano, es que tenemos que construir una paz real.

 

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