Por: Carlos Granés

Paisaje después de la batalla

Vivió su vida bajo la sombra de un gran líder latinoamericano. Sus ideas políticas fueron un extraño amasijo de radicalismo de izquierda y nacionalismo a ultranza. Fue un incansable impugnador del imperialismo.

Sus partidarios se compenetraron emocionalmente con él a través de una camisa característica. Quiso devolver la dignidad perdida a su pueblo. Selló pactos con una nación claramente antijudía. Exportó su revolución y sus ideas a los países vecinos. Sedujo a las cámaras e inventó para sí mismo una imagen pública difícilmente igualable por sus rivales.

Me refiero, desde luego, a Mussolini, el líder fascista a quien su padre llamó Benito en honor a Benito Juárez, fue expulsado del Partido Socialista Italiano por radical, vistió a su partidarios con camisas negras, batalló contra el Imperio austrohúngaro, selló alianzas con la Alemania nazi, contagió su fascismo a España y esparció una semilla infausta que aún no acaba de extinguirse, forjando de paso un culto a la personalidad y una imagen del líder como emanación pura de la esencia nacional.

Hablo de Mussolini, pero si en algún momento se le cruzó la imagen de Hugo Chávez no estaba desencaminado. El expresidente venezolano, vencido finalmente por un cáncer pertinaz, se regodeó hasta el delirio en la imagen de Bolívar. Exportó un amasijo ideológico en el que se mezclaban el izquierdismo de Marx y Plejánov, el antiimperialismo bolivariano, el culto al héroe de Carlyle y el odio al enemigo de Carl Schmitt. Además, se convirtió en la encarnación del Estado y del pueblo, impuso a sus partidarios las camisas rojas, se alió con el Irán de Ahmadineyad y renovó como nadie la prédica antiimperialista: gestos demasiado familiares.

Carlos Fuentes lo dijo: Chávez es un Mussolini tropical; el escritor venezolano Ibsen Martínez insistió: no es de izquierdas, es fascista; el fundador del Movimiento al Socialismo, Teodoro Petkoff, confirmó lo mismo: tiene elementos fascistoides. Y sin embargo, la imagen del redentor benevolente, compenetrado con los desfavorecidos, fascinó e inspiró a un sector de la izquierda latinoamericana. Poco importó que Chávez, embriagado de poder como el más autoritario embrión de la derecha, dejara las instituciones de su país en jirones. La imagen del mesías vengador venido para limpiar al país de élites corruptas, desechar la injerencia yanqui y obrar ese gran milagro ansiado por todos los latinoamericanos —corregir las atroces desigualdades—, creó un espejismo similar al que obnubiló a Europa en los años treinta, en los que Mussolini y Hitler también revigorizaron sus naciones y combatieron la pobreza (Alemania tenía el 30% de desempleo en 1932).

Pero ahora que Chávez ha muerto queda el paisaje del campo de batalla: un país con instituciones agusanadas, dependiente del petróleo, sin incentivos a la producción y un déficit y una inflación galopantes. La recuperación será difícil. En ella, el papel de una izquierda sacudida de autoritarismo, que piense en términos de justicia dentro del cauce institucional, con políticas coherentes y su mira puesta en Brasil, no en Cuba, será vital.

 

 

 

**Carlos Granés

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