Por: Nicolás Rodriguez

Paisaje oficial

La foto del presidente Santos con niños raizales sonrientes, en gesto de feliz año nuevo, es una más que se agrega al álbum del paisaje oficial. Como se recordará, el telón de fondo de su simbólica posesión presidencial fue la Sierra Nevada de Santa Marta, en cuyo caso los que desfilaron en la foto fueron los mamos koguis.

Cambian los escenarios geográficos y mutan los cuerpos políticos que en su momento son considerados parte esencial, inevitable, del paisaje oficial. Del mar a la Sierra, y de esta a la montaña, al macizo, al origen mismo de las cordilleras, como quiera que al Cauca también llegó la fotografía palaciega.

Niños, raizales, indígenas, afrodescendientes, minorías. El vestuario es tan amplio que pocas serán las preocupaciones de quien dirige la puesta en escena. Cualquiera sea el Juan Mesa que ameniza el montaje, la clave está en hacer que quienes figuran sean tan mudos como lo puede ser, a fin de cuentas, cualquier río o valle. Cualquier paisaje. Luego el niño, la niña o el mamo que ríen, carecen todos de nombres. Son el paisaje.

Y cabe de todo, entonces, en ese paisaje oficial. Esa suerte de pintura burocrática en la que se juega deliberadamente con la sonrisa de los que invitan a posar (ya que no a participar), al tiempo que se hace un uso calculado de las emociones que suscitan el respeto al medio ambiente. No es por nada, si a eso vamos, que de repente el gobierno se muestra interesado en el Tayrona (del que previamente se había dicho que era, ahí sí, territorio libre de indígenas), y que desfilan por los medios los funcionarios a los que se les hace agua la boca pronunciando las palabras “política de conservación”.

Al final, sin embargo, falsos conservacionistas oficiales y privados hablan el mismo idioma. En palabras de Ramón Jimeno, locuaz e improvisado defensor del proyecto Los Ciruelos: en el Tayrona se trata apenas de “12 cabañas integradas al paisaje”.

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