Por: Javier Moreno

Paradojas antinarcóticas

Una paradoja es una cápsula de absurdo. Dependiendo del grado de absurdo, algunas paradojas son resueltas mediante la modificación del sistema que las hace posibles y otras son toleradas como realidades incómodas pero necesarias.

Un ejemplo del primer tipo es la paradoja de Russell. Los primeros intentos de formalizar la noción de conjunto no eran suficientemente rigurosos y era posible considerar el conjunto de conjuntos que no se contienen como elemento a sí mismos. Este conjunto es paradójico porque se contiene como elemento sólo si no se contiene como elemento. Absurdo. El sistema era inconsistente. Para solucionarlo, los matemáticos añadieron restricciones en los axiomas que impidieran la existencia de un conjunto así.

Un ejemplo del segundo tipo es la paradoja de Banach-Tarski. Un argumento formal estricto permite demostrar que es posible tomar una esfera, partirla en un número finito de pedazos (muy complicados, eso sí) y usar estos pedazos como un rompecabezas tridimensional para armar dos esferas iguales a la original. De nuevo absurdo, parecería, pero los matemáticos (o al menos el sector más influyente) han decidido que es conveniente permitir que viva. Negarlo implicaría negar propiedades de los conjuntos que son consideradas fundamentales.

¿Suena muy abstracto? Intentemos algo más concreto. Una entrevista del comentarista político Jon Stewart a Stanley McChrystal, quien era hasta hace poco comandante de la coalición de fuerzas de ocupación en Afganistán, ofrece dos ejemplos anidados (uno explítico y el otro implícito) de paradojas de la vida real relacionadas con la llamada guerra contra las drogas.

Cuenta Stewart que en su visita a Afganistán hace algunos años sobrevoló el país y entre las montañas vio extensos cultivos de amapola. El militar que lo acompañaba le explicó que los campesinos la cultivan, cosechan la pasta de opio y las milicias se la compran y luego la venden en Paquistán para financiar su resistencia. Stewart preguntó que por qué no queman los cultivos y laboratorios para prevenir eso y le explicaron que la amapola era la base de sustento de los campesinos y ellos no podían quitársela. Esa es la política. La paradoja explícita es que esta inacción protege pasivamente el medio de financiación de los grupos que se oponen con violencia a su presencia.

McChrystal le explica a Stewart que, como en la paradoja de Banach-Tarski, esto debe ser tolerado: en zonas sin seguridad, el campesino siembra amapola porque no tiene otra opción, su decisión es práctica y no moral, y la ocupación no quiere ponerlo en una posición desesperada que lo lleve a colaborar activamente con el enemigo (o unirse a él), aumentando así el riesgo de las tropas. Claro y contundente.

La paradoja implícita, que Stewart no nota, es que en países como Colombia la política promovida desde Washington es casi exactamente la opuesta y las potenciales consecuencias negativas que McChrystal señala con tanta claridad son la realidad cotidiana. El operativo que terminó con el secuestro del periodista Romeo Langlois y la muerte en cámara del valiente Sargento José Cortez tenía como propósito destruír laboratorios desechables de pasta de coca. Destruyen dos, uno de ellos abandonado, antes de ser emboscados y masacrados. Nadie confía en ellos y ellos no pueden confiar en nadie.

Como dije antes, hay paradojas que deben ser toleradas y otras que exigen ser resueltas. ¿En qué categoría cae esta? ¿Cómo se justifica su existencia? ¿Por cuánto tiempo más debemos seguir resignados a políticas absurdas que ponen en riesgo a los militares y policías colombianos y dificultan en general la presencia estatal en el campo sólo para ser el país-soldado más obediente y sacrificado de una batalla perdida?

La guerra contra las drogas no es un sistema consistente. Necesitamos reconsiderar sus axiomas con urgencia.

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