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Klaus Ziegler 28 Mar 2013 - 9:15 am

Pareidolia lingüística

Klaus Ziegler

Fotografías de Cidonia, región de la superficie de Marte, revelaron una formación rocosa que recuerda el rostro de un antiguo faraón mirando hacia los cielos. Más de un ufólogo vio en las imágenes la confirmación de sus sospechas: la NASA ocultaba información sobre la existencia de civilizaciones extraterrestres, y la “Cara Marciana” era la prueba.

Por: Klaus Ziegler
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Tras años de discusiones, el alegato conspiranoico finalmente se desmoronó: en 2001, la nave “Mars Global Surveyor” volvió a fotografiar la misma zona, esta vez a una distancia de escasos 400 kilómetros. Visto de cerca, el inconfundible rostro humanoide resultó ser una meseta rocosa salpicada de picos y depresiones en medio del yermo y polvoriento paisaje marciano.

Pareidolia, vocablo que se deriva de la palabra griega “eidolon”, que quiere decir “figura”, y del prefijo “para”, que significa "junto”, es el término que utilizan los sicólogos para designar esas ilusiones de la percepción en las que rostros humanos o formas animales parecen dibujarse en las nubes, en los nudos de la madera, en las humedades de un muro o en las salientes y grietas de una roca. El fenómeno aparece como respuesta automática de nuestro aparato cognitivo cuando la información sensorial es ambigua o insuficiente. Nuestro cerebro, a la caza permanente de relaciones, trata de completar la información ausente asimilándola a patrones familiares. De ahí que los nudos en el tronco de un árbol se transfiguren de súbito en el perfil de un hombre narigudo o en la figura de una bruja; y los faros y la parilla de un vehículo, en una cara humana. Quizás ello también explique por qué la Santísima Virgen escoge hacer sus apariciones en objetos tan impíos como las humedades de un muro derruido, los chamuscados de una tortilla o la corteza de un buñuelo.
Existe así mismo una forma auditiva de la pareidolia: ¿quién no escucho de niño “la voz” repetitiva del serrucho mientras se aserraba un listón de madera?

¿Quién no ha creído reconocer palabras de su lengua nativa en la letra de una canción en idioma extranjero? Es común oír el repicar del teléfono mientras nos duchamos, especialmente si estamos a la espera de una llamada. Y con frecuencia oímos que alguien nos llama en medio del ruido indiferenciado de una multitud.

Además de la pareidolia visual y auditiva, existe, en mi opinión, otra manifestación mucho más sutil, y menos comprendida, de esa misma ilusión cognitiva: la pareidolia verbal, la capacidad de inferir información de cualquier discurso por confuso o incoherente que este sea. Somos animales visuales, y lingüísticos, de ahí que podamos ver lógica y orden donde solo hay palabrería. Y no hablo de la pareidolia deliciosa de la cual se vale la poesía para crear efectos estéticos. Me refiere a aquella que se manifiesta en ese discurso zafio, pedante y vacuo tan común en ciertos círculos académicos.

Ejemplos paradigmáticos de pareidolia verbal abundan en la literatura posmoderna. En su libro “Imposturas intelectuales”, Sokal y Bricmont demuestran cómo hasta los más grotescos sinsentidos han llegado a convertirse en textos venerados en la academia. Escritos como los de Julia Kristeva, en particular aquellos donde utiliza el teorema de Gödel y elementos de la teoría de conjuntos con la pretensión de construir un lenguaje “formal” poético, deberían servir de material de estudio, para todo estudiante de sicología interesado en averiguar los mecanismos de la pareidolia lingüística. Y hay materia prima de sobra en cualquier blog de crítica de arte, donde el fenómeno suele darse en forma silvestre (el campeón insuperable del artificio tal vez sea el recién fallecido José Luis Brea).

Sokal y Bricmont no fueron los primeros en desnudar el artificio. Décadas antes, Karl Popper había denunciado esas mismas imposturas en su magnífico ensayo “Contra las grandes palabras”. En mis archivos sobre el tema conservo un correo electrónico en el que un lector me reprocha por la elementalidad y simpleza con las que analizo el fenómeno del declinar de la violencia en los últimos siglos (columna del 16/11/2011). A continuación reproduzco el texto, a mi juicio, auténtica pareidolia verbal:

Estimado señor Ziegler:

La exclusión de alternativas de agencia e identificación deriva en la irremediable confusión de las temporalidades históricas. Habla usted de violencia «antes» y violencia «ahora», referenciando el presupuesto de dinámicas procesuales en conformidad con la lógica «procede de» y «antecede a». Su pregunta por el pasado se formula desde el presente, anulándose como alternativa epistémica.

Su análisis cierra las puertas al tratamiento específico de la intersubjetividad y transgrede la posibilidad de interpretaciones susceptibles de articularse en relaciones transversales de significación. Si nos atenemos a la correspondencia víctima-victimario, en tanto alteridad como diferencia, la renuncia del “otro” a su dimensión humana prohibiría hablar de castigo. Se olvida de igual modo que la lectura sociológica debe comportar intentos por desentrañar estructuras de significación, acción de carácter hermenéutico, mas no estadístico.

Por último, su columna incurre en el sofisma de la «lectura especular», en la frívola pretensión de elaborar mapas homólogos de la realidad. Empero, no es posible subyugar la historicidad de la violencia al ejercicio de la yuxtaposición progresiva de hechos desprovistos de contextualización. Olvida usted que «el hombre es realidad sustantiva, que en tanto suya se constituye como propia frente a lo real».
Que el lector juzgue por sí mismo.

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