Por: Nicolás Rodriguez

Parroquialismo que hace daño

Pretender que la injerencia de la comunidad internacional en asuntos internos es un manoseo, como lo escribió en su defensa del fuero militar María Isabel Rueda (y como nos lo hicieron creer muchos otros), es tan parroquial y conservador como cuando desde la izquierda se decía (y algunos todavía lo pensarán) que el bilingüismo era una política imperialista.

Y no solo es parroquial, que acaso sea lo de menos. También es una injusticia y una negación; una ninguneada. Pues si la comunidad internacional opina y hace presión, ello se debe también (y por sobre todo) a que las víctimas del conflicto armado han construido sus propias redes trasnacionales a partir de no pocos episodios violentos en los que el Estado (y su ligereza frente al paramilitarismo) las ha atropellado y la justicia les ha sido esquiva.

Luego lo que los defensores trasnochados de la soberanía nos estaban diciendo, con argumentos tan deleznables como que si Estados Unidos tiene a Guantánamo ¿por qué nosotros no podemos?, es que su otrora histórico compromiso con las víctimas termina ahí en donde éstas no posan para la foto, pasivas, y por el contrario asumen las riendas de su propia historia. Nos encantan las víctimas, podría haber escrito Rueda, siempre y cuando se asuman como tales. Vale decir: incapaces e indefensas (si no es que no bilingües).

De ahí también la ausencia total de víctimas en la otra mesa de negociaciones, la alterna e invisible, la misma en la que el Gobierno atiende a manteles a los militares, no vaya y sea que pateen la mesa oficial de conversaciones con la guerrilla. Queda por ver, claro está, si ante la mirada atónita de la Corte Penal Internacional, que también bebe del activismo informado de las víctimas y sus vulnerables redes de colaboradores amenazados y exiliados, la impunidad por falsos positivos (que analistas tan serios como Rodrigo Uprimny temen) será silenciada, de nuevo, con otro vergonzoso arrebato de nacionalismo.

 

 

 

 

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