Por: Carlos Fernando Galán

Con partidos así...

El proceso de paz con las Farc pone de presente la necesidad de abordar uno de los principales obstáculos para la solución de los problemas de nuestro país: la crisis de los partidos políticos.

Ante todo, vale aclarar que nada justifica la vía armada, ni hoy ni hace 50 años. Prueba de eso es que varios inconformes asumieron posiciones partidarias del cambio pero dentro de la institucionalidad. Aun así, muchos colombianos se fueron a la guerrilla con la excusa de que nuestro país tenía un sistema político que restringía la participación, una democracia a medias con unos partidos cada vez más dedicados al clientelismo y a la repartición del poder, y cada vez menos interesados en representar a los ciudadanos.

Es claro que la guerrilla hace tiempo olvidó ese discurso y lo reemplazó por la búsqueda del poder económico a través del narcotráfico, el secuestro y las masacres, entre otros métodos. Pero, pese a los innumerables cambios que ha sufrido Colombia, el problema de los partidos es hoy tan o más vigente que cuando empezó el conflicto.

Nuestro país hace más de dos décadas estrenó constitución, un documento que trazó una hoja de ruta para la superación de los vicios del sistema político. Pero una cosa es lo que quedó en la Constitución y otra la que los partidos, como mecanismos para ponerla a funcionar, se han dedicado a hacer en estos 22 años.

Y no es sino repasar las noticias de esta semana para darse cuenta de lo poco o nada que se ha avanzado: acusan a un expresidente del Congreso de sacar más de mil millones de pesos de bienes de la dirección de estupefacientes; acusan a 20 concejales y seis congresistas de participar en el ‘cartel de la contratación’; acusan al presidente del Congreso de llevar hojas de vida y presionar el cambio del interventor de una EPS privada valiéndose, al parecer, de su posición privilegiada en el trámite de la reforma al sistema de salud.

Si bien es cierto que ningún partido está exento de tener ovejas negras entre sus filas, la pregunta es qué medidas toman sus directivos para prevenirlo y cómo enfrentan un caso de corrupción de uno de sus miembros. ¿Si los partidos reparten avales teniendo como único criterio los votos que puedan obtener, sin ninguna coherencia ni responsabilidad, qué se puede esperar de sus representantes una vez elegidos? ¿Cómo esperar que haya algún tipo de coherencia ideológica?

Es cierto que se han hecho esfuerzos para enfrentar el problema. Primero se buscó fortalecerlos con un umbral para acabar la proliferación de empresas electorales personales. Eso no se logró por culpa en parte del voto preferente y de la laxitud de los directivos en la repartición de avales. También se acudió a la ley de bancadas en procura de un ápice de coherencia en la actuación de los partidos, pero también a esto le salieron obstáculos: que el voto secreto, que la objeción de conciencia, que faltan herramientas para hacer cumplir las decisiones.

Seguramente me dirán: “no es cierto, este partido propuso esta ley tan importante y este otro se ha democratizado, etc…”. Y es verdad, pero infortunadamente la mayoría de las veces termina primando el apetito voraz por la burocracia y el presupuesto. Y no es que la política se vuelva un fin en sí mismo. No. La política sigue siendo un instrumento, pero ya no para producir cambios positivos en una sociedad sino para favorecer intereses particulares, cada vez más mezquinos.

Pero la anti-política no es la respuesta. Son los propios partidos los capaces y responsables de rectificar ese rumbo y garantizar que la política cumpla su verdadero objetivo. Mientras tanto se pueden aprobar leyes, se pueden hacer reformas, se puede inclusive firmar la paz, pero si no cambian los partidos de poco o nada servirá lo demás.

 

 

 

*Carlos Fernando Galán

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