Por: Rodolfo Arango

Partidos fuertes: paz duradera

La paz estable y duradera de la que se habla tanto sólo se consigue con un cambio de mentalidad. Un medio importante para lograrlo es un sistema de partidos políticos fuertes y democráticos que se alternen en el poder según la voluntad de los electores expresada cada tantos años. A ello habría que sumarle un tribunal electoral y una justicia independientes. Sobre este tema podría reflexionarse en extenso. Aquí basta pintar con brocha gorda el fin y los medios.

Nuestra cultura política debe superar dos graves defectos: el pensamiento de absolutos y el oportunismo. El extremismo del todo o nada, difundido en una población creyente golpeada por violencias de todo tipo, podría ceder terreno a favor de actitudes y disposiciones menos categóricas e inflexibles. La verdad absoluta sobre lo bueno y lo justo no existe o, si existe, sus contenidos no están a nuestro alcance en las sociedades pluralistas contemporáneas. Lo razonable entonces es aceptar que los otros, incluso cuando no compartimos sus valores y objetivos, pueden tener razón y nosotros estar equivocados, lo que significa reconocer que nuestras verdades son siempre relativas sin ser por ello menos importantes.

La apertura y reflexividad no deben sin embargo llevar al “todo vale”. También la defensa circunstancial de meros intereses individuales o grupales requiere ser neutralizada mediante la educación y la cultura. Un pacto político conducente a la paz supone el acuerdo de principios no negociables. En la democracia de las sociedades de masas los principios del pluralismo y de las mayorías nos protegen de la arbitrariedad. Los partidos políticos son las correas de transmisión entre los valores e intereses sociales y la dirección del Estado. Dada su trascendental tarea de convertir la opinión en poder normativo, estos cuerpos intermedios deben ser pocos y estructurarse democráticamente en torno a principios e idearios claros. Sólo así se asegura la alternancia y la responsabilidad por errores cometidos en el desempeño de la función pública.

Ojalá el país cuente en el futuro con cuatro o cinco partidos políticos bien definidos que compitan entre sí según reglas claras y estables. Un umbral del cinco por ciento a partir de 2022 para acceder a corporaciones públicas y la prohibición del transfuguismo serían saludables. A esas reformas habría que añadir la creación de un tribunal electoral independiente de los partidos y la reforma al periodo de los magistrados de altas cortes con mayoría cualificada para su elección. Lo primero porque no es sabio poner al ratón a cuidar el queso. Lo segundo porque el periodo vitalicio de los altos jueces los protege de las tentaciones y necesidades humanas; además, una mayoría cualificada da poder de veto a las minorías. Ninguna reforma política a los partidos estará completa si no va acompañada de la independencia de la justicia electoral, así como de la integridad de los juristas de la república.

La consolidación de la paz pasa por una debida institucionalización de la razón en la historia. Pero no de una razón monolítica, dogmática y extremista que niega el pluralismo y la diferencia, sino de la razón dividida, parcial y reflexiva que exige el intercambio dialógico. El mayor desafío —más que carreteras, curules, blindados o dineros— es cultivar un pluralismo responsable. Necesitamos ciudadanos dispuestos a celebrar las victorias, pero también a respetar las derrotas, todo en aras de una convivencia pacífica que permita hacer significativa y bella la existencia. Después de tantos errores y sufrimientos ya contamos con la experiencia para lograrlo. Sólo faltan buena voluntad y mucho empeño.

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