Por: Rodolfo Arango

Partidos políticos y educación ciudadana

Hace carrera en Colombia y en el mundo el desprestigio de los partidos políticos. Columnistas y formadores de opinión los fustigan sin tregua.

El desencanto hacia los partidos conduce al peor de los escenarios: la democracia representativa está en crisis y los movimientos alternativos son incapaces de asumir directamente el gobierno de los asuntos públicos. No sorprende que la salida a este dilema sea el creciente respaldo a regímenes totalitarios o autoritarios.

En el complejo mundo contemporáneo, los partidos políticos son indispensables para el funcionamiento de la democracia. Sin ellos no es posible ejercer coherentemente el poder ni responder colectivamente por el desempeño de la función pública. Por mal que se desempeñen, los partidos plasman las tendencias ideológicas en programas, planes, políticas y medidas destinados a regular la vida social y resolver diversos desafíos. Por el poder que concentran, deben organizarse democráticamente y responder ante sus electores y la sociedad por sus ejecutorias.

Una visión purista, moralista o romántica de la política —que a la postre se torna “impolítica”— sojuzga a los partidos por perseguir el poder para acceder a los recursos públicos y realizar sus designios. Según tal enfoque, más valdría dejar la política a la libre iniciativa y a la buena voluntad de espontáneas y auténticas expresiones de espontaneidad humana, libres de intereses creados. Al expulsar a los partidos de este idílico paisaje, los desencantados de la militancia política terminan por botar al niño con el agua sucia de la bañera. No avizoran que el abismo entre el interés mayoritario y el interés general sólo puede franquearse mediante la educación política y la participación efectiva en los asuntos públicos.

Postulado central de la ilustración es la autonomía personal, esto es, la capacidad de valerse del propio juicio sin necesidad de dirección ajena. Su plasmación práctica enfrenta, no obstante, grandes problemas. En la democracia moderna, como bien lo anota el filósofo alemán Reinhard Brandt, la democracia se distancia del Estado de derecho al dejar su realización al azar. Esto porque la conformación de mayorías es algo fácticamente aleatorio, no producto de la ponderación razonada de los intereses de todos los implicados según lo que conviene a la generalidad de los individuos. La única forma de contrarrestar la escisión entre el querer de las mayorías y el interés general es mediante la educación política de la población.

Una de las tareas fundamentales del Estado democrático, participativo y social de derecho es, por lo tanto, la educación ciudadana, reflexiva y crítica, de forma que ciudadanos y ciudadanas no sean presa fácil de estructuras fácticas de poder. La voluntad general, a diferencia de la voluntad mayoritaria, cuenta con los mecanismos de la razón y del conocimiento para neutralizar la parcialidad de los intereses grupales y hacerlos aceptables para la universalidad de la población. A la postre, sólo la exitosa formación política de la población que hace de ella una “ilustrada”, esto es, confiada en su propio juicio, permite vacunarnos contra la arbitrariedad inherente al ejercicio del poder.

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