Por: Lisandro Duque Naranjo

Pasar a la historia

Hasta hace una semana eso de "pasar a la historia" implicaba cierto nivel de paciencia en los interesados. Y los obligaba a perseverar en proezas magníficas y a mantener una trascendencia reflexiva.

También les permitía a sus contemporáneos copiarles las frases dignas de la posteridad y dibujarles los ademanes corporales con que se ofrecerían a la vista pública en los parques, al convertirse en mármol o en bronce. Ese siempre era un proyecto para después, no para ya mismo, y las palomas que se posarían en los hombros de esas estatuas, chorreándolas para darles pátina de historia, eran aves futuras, no salidas del huevo aún. No sobraba contar con el polvo de los años, una obra memoriosa inserta en el imaginario colectivo y, en la mayoría de los casos, una condición póstuma. Pero eso era antes.

Hoy, la tecnología ha abreviado esos trámites, y se puede obtener una inmortalidad express, de contado, a la medida de las codicias inmediatas de quienes necesitan pasar a la historia mínimo dentro de tres meses.

De haber existido el Twitter en los tiempos de Cristo, cada evangelio no hubiera pasado de 146 caracteres. Y Poncio Pilatos, al pedirle al pueblo que escogiera entre Jesús y Barrabás, a ver cuál de los dos debería ser sacrificado, hubiera podido lavarse las manos más tranquilo ante la cantidad de links de quienes apoyaban la crucifixión del hombre bueno.

La persona que el domingo pasado, a través de History Channel, fue ungida como el “Gran Colombiano” de los últimos 200 años, coronó esa aspiración sobrado de votos, movilizando durante tres meses a su horda de internautas. Quedaron en posiciones secundarias Jaime Garzón, Gabriel García Márquez y Antonio Nariño, por carecer de maquinaria digital, y ni siquiera interesarles, lo que tal vez no fue el caso del doctor Patarroyo. Muy macondiano el detalle ese de que al Nobel —eliminado en la votación de los artistas— lo salvara para la final el repechaje, aunque en últimas le quedaran faltando los cinco para ajustar lo del peso. En cuanto a Bolívar, no quedó en el marcador, dizque porque no era de Colombia, como si él no la hubiera inventado.

Al día siguiente de ese triunfo, los gananciosos hacían cuentas de las nuevas curules que les aportaría ser gregarios de quien no sólo había ejercido el poder durante ocho años del nuevo milenio, sino que además, de un viajado, acababa de imponerse a todos los gobernantes, artistas, atletas y científicos de las dos penúltimas centurias. No sintieron rubor, no les pareció excesivo, y mostraron un sentido de la historia falto de distancia y de sutileza. En cuanto al agraciado, se limitó a trinar: “No tengo palabras”. Él ya se expresa como desde el Tíbet. Deben ser esas gotas.

La manera apurada, sin embargo, como caducan las grandes “verdades” mediáticas, hará que dentro de un año todo el mundo haya olvidado quién fue el Gran Colombiano de los doscientos años anteriores. Se supone que History Channel, si quisiera hacer un capítulo dos de El Gran Colombiano, tendría que esperarse dos siglos. Para entonces, ese tipo de televisión no existirá, y en todo caso yo no estaría disponible como panelista, lo que les ocurrirá a los tres colegas que cumplieron conmigo esa función, al igual que a Nicolás Montero, intachable conductor.

Pero a muy corto plazo, en un mercado tan competitivo e impaciente, es previsible que el impacto causado por el programa inicial haga que surjan otros realities similares, con variables en su formato, su título y su manera de postular a los personajes que realmente merezcan guardarse en la memoria.
Ahí será cuando entre los 25 que quedaron como finalistas, se incorporen algunos imprescindibles y queden por fuera más de la mitad, incluido el que el pasado domingo arrasó con todos. Quien de todas maneras, y para variar, buscará ser reelegido.

 

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