Por: Marianne Ponsford

La patria

Aquella frase, la frase que tantos novelistas a lo largo de los siglos han hecho suya, esa que dice que la única patria de un escritor es el lenguaje, no es más que un hermoso lugar común.

Porque no por bellas dejan de ser mentiras las mentiras. Uno mira las artes, y la patria no parece ser ni el rectángulo del fotógrafo, ni los materiales del artista, ni el diccionario. La patria, en las artes, sigue siendo el país: roto, vergonzante, no importa, la patria sigue siendo ese difícil contexto geográfico de la propia biografía.

Uno va a ver Operación Skyfall, y descubre que el motivo por el cual la película ha sido tan bien recibida por la crítica no es ni su tontísimo argumento, ni el hecho de que Javier Bardem sea bueno hasta para hacer el papel de un villano de caricatura, ni el cuerpo labrado por los dioses de Daniel Craig. La película ha sido elogiada porque rescata con sutileza los valores de la desvencijada Albión. Hay tantos guiños al honor de ser británico, a pesar de que (o sobre todo porque) “ya no somos el todopoderoso imperio que otrora fuimos”, tantas referencias a la tradición (¡con versos de Tennyson incluidos!), que ha emocionado a su primer público porque ha tocado la fibra de la nostalgia por la identidad. Y ese público es el encargado de catapultarla. Si no gusta en casa, difícilmente un producto comercial gustará afuera.

Y miremos las cosas aquí. La literatura. Las novelas siguen siendo, o son ahora más que nunca, novelas sobre el país. La guerra, las masacres, la migración, el miedo a las bombas, el fantasma de Armero, el 9 de abril, la escritura busca construir la historia alterna de esa expansión geográfica —tan desconocida en nuestro caso— llamada Colombia. En las artes plásticas sucede igual: no hacen más que reflexionar, con aciertos o sin ellos, sobre lo que nos desangra. También ellas se han vuelto periodísticas. Desplazamientos, memoria colectiva, política, la tierra, las fosas comunes, las drogas, el asesinato.

Incluso en las artes escénicas, si bien con menos fortuna: sobre todo en el teatro, ya que la danza contemporánea parece privilegiar un narcisismo abstracto y falta un buen trecho para que una ópera tenga un argumento nacional: no tenemos todavía a un Kurt Weill. Pero en la televisión, las telenovelas dejaron hace tiempo de ser las cursis variaciones sobre las cuitas del amor universal, para ofrecer versiones de la Historia del país. Buenas o malas, es otra historia. Lo cierto es que atrás se va quedando el costumbrismo y que también las telenovelas han asumido su nueva vocación periodística: con todas sus descalabradas licencias, su narración se somete a las coordenadas de la Historia nacional.

De hecho, últimamente, ¿quién ha oído mencionar ese vocablo que hace apenas cinco años estaba en boca de todos y parecía resumir el mundo que se nos venía encima, “globalización”? Ha pasado de moda. La patria no es el lenguaje. La patria sigue siendo, a pesar de la emocionante velocidad de las nuevas autopistas virtuales, el paisito que nos tocó.

* Marianne Ponsford

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