Por: Nicolás Rodríguez

La paz del desmonte

Por entre la ranura de tanta ruana solidaria se fueron muchos apoyos a la paz. La protesta que arrancó con la intención de un país menos injusto amenaza con quitarnos la posibilidad de uno menos violento.

Parecería suicida  enviar primeros auxilios a un gobierno que para conectarse con el campo nombra como ministro de Agricultura a un representante del modelo empresarios-palma-campesinos. Sin embargo, esa siempre ha sido la apuesta. Y nada diferente saldrá del  “gabinete por la paz”.

Dicho de otra manera: esa es la paz (liberal) que se nos vino encima. Y esa misma es la paz que se nos escapa, ahora mismo, ante los descaches de un gobierno de talante reformista y andar represor. Porque por muy poco santista que se sea, queda por evaluar, con algo de realismo, hasta qué punto es posible pactar la paz desde cualquier otro sector del espectro político.

¿Puede apostársele, por ejemplo, a alguna paz desde un gobierno como el que en un día afortunado y verdaderamente primaveral llevará a la presidencia a un tipo como Navarro Wolff? Si ya es difícil para un gobierno de mano dura y centro derecha mantener a raya al procurador, los uribistas más encarnizados y las “fuerzas oscuras”, ¿qué tipo de reacción le espera a una negociación que surja de la propia izquierda?

No hay que olvidar el tenebroso país del que venimos. Ocho años de negación sistemática de las víctimas, el conflicto y el despojo de tierras (también campesinas) no son propiamente una demostración de pacifismo. Y es contra ese violento legado que la paz del presidente Santos, con todo y lo palmera, se está dando la pela.

Por supuesto, queda por esperar a que antes de ser candidatizados a premios de paz, uno que otro empresario amangualado con el paramilitarismo responda por lo hecho. Con todo, el Gobierno tiene su norte: antes de hacer cualquier revolución, es preciso desmontar la contrarreforma.

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