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Álvaro Forero Tascón 14 Abr 2013 - 11:00 pm

Paz para desarrollar la locomotora esencial

Álvaro Forero Tascón

Mientras que las élites urbanas buscan modernizar el campo por medio de la paz, las élites rurales prefieren mantener el statu quo por medio de la guerra. Ese conflicto de intereses se esconde bajo la puja política frente a la negociación de paz.

Por: Álvaro Forero Tascón
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Y es que el principal beneficio de una eventual paz con las Farc es la recuperación del campo, que lleva sesenta años perdido en la violencia y en el abandono. Hoy el campo no sólo es el principal obstáculo para el desarrollo de Colombia, sino que representa el mayor potencial para su despegue económico. Porque el futuro competitivo del país no está en la industria, ni en los recursos naturales que se acaban, sino en su verdadera riqueza, la abundancia y diversidad de suelos para la producción agrícola.

Desde el proceso vertiginoso de urbanización de los años cincuenta, el campo fue relegado al último lugar de las prioridades nacionales. La nueva sociedad urbanizada no quiso volver a saber nada de sus orígenes. En parte para olvidar la Violencia, pero también porque el modelo económico de la época hacía énfasis en la industrialización y menospreciaba la agricultura.

Desde los sesenta —con la excepción del breve período de reforma agraria durante la administración Lleras Restrepo—, al Estado sólo le preocupó un aspecto del mundo rural: la violencia. Los torpes bombardeos de Marquetalia marcaron el inicio de medio siglo en que el Estado y el establecimiento redujeron la problemática del campo al conflicto armado, y prefirieron invertir en la guerra que en desarrollo rural.

Hoy, el campo colombiano es el epicentro de todos los problemas, en parte por el conflicto, pero también como resultado del abandono. No sólo por la pobreza y la violencia, sino por la falta de educación, de instituciones estatales, de justicia, pero, sobre todo, de oportunidades económicas para los jóvenes que se enrolan, a veces a las malas, pero también a las buenas, en la violencia.

Durante la última mitad de siglo, el Estado central le delegó los asuntos rurales a unas élites regionales que, aturdidas por su mediocridad y la violencia, reprodujeron el modelo colonial de acumulación insaciable de tierras, sin hacer ningún esfuerzo por hacerlas productivas —con la excepción de algunos sectores como el del azúcar—. Y por su falta de productividad, se hicieron dependientes de los clientelistas y los ilegales que las cooptaron con poder y riqueza. En el proceso desplazaron a cientos de miles de campesinos hacia las zonas de colonización, y el país se quedó sin economía campesina y sin agroindustria, agravando el problema de la violencia.

El desarrollo del campo colombiano será la empresa más difícil, pero la más rentable, de hacer la paz. Acaparará buena parte de los esfuerzos del posconflicto, porque requerirá un rediseño de sus estructuras económicas y sociales mediante reformas y acciones institucionales, que deberán empezar por implementar un nuevo POT que reasigne los usos del suelo rural.

Pero para eso, el país urbano tendrá que neutralizar políticamente al establecimiento rural —encabezado por Álvaro Uribe—, que lleva doscientos años protegiendo —por todas las formas de lucha— sus improductivos privilegios. Sería una paradoja que un presidente capitalino resucitara el campo.

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