Por: María Teresa Ronderos

La paz en serio

No alcanzó a salir a la luz pública que el gobierno quiere negociaciones de paz con las Farc y el Eln otra vez, cuando vienen a la mente escenas caguanescas: jefes armados barrigones fotografiándose con la crema y nata del país; negociadores convertidos en estrellas de la tele, mientras las Farc hacían de la zona de distensión un centro de secuestros y el gobierno hacía lobby por el Nobel en Estocolmo, por helicópteros Black Hawk en Washington, y no hacía nada para frenar la arremetida de terror de los paramilitares. Nadie quiere otra vez esa paz mentirosa.

Si cuajaran negociaciones ahora, sin embargo, la situación sería absolutamente diferente. Las Farc ya no derrotan a los militares a campo abierto y, a pesar de sus cilindrazos, ya no tienen la iniciativa militar. El Secretariado debe darse cuenta de que están resbalando vertiginosamente al despeñadero del crimen y este olivo de la paz puede ser la última ramita de dónde se puedan agarrar para no sucumbir del todo en el barroso fondo donde nada quede de la razón que originó su lucha hace casi cincuenta años.

Segundo, la Ley de Víctimas que ordena restituir la tierra robada a millones de campesinos le da al establecimiento argumentos para decirles a las Farc que ya ha empezado a cumplir una de sus demandas históricas. Y las guerrillas, contando con normas que la hacen posible, tienen la oportunidad de presionar para que el acuerdo de paz profundice el compromiso oficial con una auténtica reforma agraria.

La otra vieja exigencia de las guerrillas ha sido el desmonte del paramilitarismo. A pesar de las trampas y el lastre criminal que dejó la desmovilización de las Auc, el paramilitarismo quedó desarticulado como organización política nacional y, al hacerse públicos sus horrores, quedó deslegitimado ante una sociedad que antes lo toleraba.

Pero el as en la manga de esta negociación es el equipo del consejero de Seguridad, Sergio Jaramillo, que la está llevando a cabo. Entiende, como nunca antes en Colombia, que no se negocia con las Farc partiendo de la ilusión de que éstas “tienen voluntad de paz”. Nadie que esté en guerra tiene voluntad de paz. Es la negociación misma la que va empujando a las partes a construir esa voluntad. A medida que van ganando confianza, van dejando de lado las tácticas ventajistas de corto plazo y las posiciones intransigentes. Así fue como Irlanda consiguió la paz con el grupo armado del IRA, aunque nadie daba un peso cuando comenzó. Y pocos como este equipo de Santos conocen en detalle las experiencias internacionales de paz y de justicia transicional.

Jaramillo ha estudiado al revés y al derecho los siete terabytes de memorias incautadas en batalla a las Farc y conocer al enemigo es condición indispensable para negociar con éxito. Es una ventaja también, en nuestra larga historia de diálogos de paz, que quien los conduzca haya trabajado tan de cerca con la fuerza pública, porque sabrá hacer valer en la mesa su enorme sacrificio.

Esperamos que Santos mantenga el timón firme para seguir en curso con este equipo experto, reservado, con pies de plomo, agenda concreta y metas realizables de corto plazo. El riesgo es ceder a las pretensiones faranduleras de quienes buscan los laureles de la paz, pero que no conocen a las Farc, ni saben de negociación, ni de procesos de justicia transicional en el mundo, ni son respetados por los militares. No se puede pronosticar un resultado exitoso, pero sin duda habrá menos peligros y mayores ganancias si hacemos un proceso de paz con las Farc realmente en serio.

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