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Lorenzo Madrigal 7 Jul 2013 - 11:00 pm

La paz, a toda costa

Lorenzo Madrigal

Pienso mucho —cuando pienso a solas— que la paz no puede aplazarse. No será una paz justa, no. Habrá delitos inconfesados y otros muchos impunes. Una solución sencilla: aceptémonos los unos a los otros (una variable del amémonos) y en el momento electoral sólo votemos por los que se acomodan a nuestras convicciones.

Por: Lorenzo Madrigal
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En ciertos ires y venires de nuestro acontecer, llegué al extremo de negarle la mano a quien, que yo supiera, había segado la vida a un semejante. Recuerdo que en una venida del papa al palacio de Belisario, invitado Lorenzo entre trescientos, y luego de divisar entre la “multitud” la cúpula blanca del pontífice, alguien me presentó a quien yo sabía un asesino redomado y debí cruzar mi palma con la suya. Me asalta todavía su mirada fría, que afortunadamente no se posó sobre la mía, estúpida y temerosa. Su extremidad digital heló mis huesos.

No digo su nombre, que por fortuna no volvió a sonar en los reportes oscuros de la guerra.

Pero hay que hacer la paz. Leí en mi admirada María Jimena que “si se logra la paz en La Habana y el país empieza a transitar por la normalidad...”, tal o cual cosa. Esta frase condicional me hizo reflexionar, porque no creo que el país regrese a la normalidad, si alguna vez la ha habido en nuestra historia.

No será normal que personas que hayan perpetrado masacres o asesinatos individuales, no menores, deambulen impunes por los recintos del Congreso o se acomoden en cargos de representación y gobierno. La Fuerza Pública les rendirá honores y la bandera de la patria posiblemente se cruce sobre su pecho, lleno de pesadillas de muerte. Pero así será y tendrá que ser así, porque, dicho sin ironía alguna, la paz es necesaria.

No puede ser, en mis cogitaciones (como diría López de Mesa o acaso Gómez Dávila), que uno viva tan larga vida y la juventud, en cualquier extremo de la lucha armada, caiga vencida por la muerte prematura, para horror de sus madres y de sus novias. Bueno, estas últimas encontrarán reemplazo. La vida, en cambio, se habrá ido definitivamente de aquellos lampos de salud y energía. La paz no puede demorarse.

¿Entregar también la Constitución del país a expensas de la paz negociada? Esto no. Supongo que se encontrará alguna ceja de arreglo que no toque lo constituido en el 91, que no es ninguna maravilla, pero se consiguió siguiendo pasos más o menos democráticos y, por cierto, en aras de otra paz. Entonces, cuántas paces y cuántas constituciones tendremos.

La impunidad podrá convenirse, pues la paz no se hace de otra manera. Nadie va a entregar armas para irse a la cárcel. No se está conversando entre futuros presos y visitantes. Pero que se arregle también a los internos por delitos comunes. Un jugoso indulto debiera darse, aunque el desequilibrio seguiría. Todo sea por la paz de la Nación y por la vida de tantos jóvenes en armas.

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