Por: Reinaldo Spitaletta

La paz y el arte del engaño

La guerra, partera de la historia de la humanidad. La guerra, continuación de la política por otros medios. La guerra como posibilidad de la paz.

O de otra guerra, como pasó al finalizar la Gran Guerra con el Tratado de Versalles, que, en rigor, fue la declaratoria para la segunda conflagración mundial. Una larga paz bien vale una guerra, dicen.

Qué curioso. La guerra, incluida la de Troya, ha tenido estrategas. Generales tremendos. Teóricos desde Sun Tzu, el chino que dijo, entre tantos asuntos sobre la guerra, que en esencia el “arte de la guerra es el arte de la vida”, hasta grandes novelistas como Tolstoi, Hemingway, Norman Mailer, Stephen Crane y Vasili Grossman, por citar solo algunos. Tzu advertía que el arte de la guerra se fundamenta en el engaño, pero el supremo arte, según él, está en someter al enemigo sin luchar. Qué curioso. La paz tiene, tal vez, menos sacerdotes. Gandhi pudiera ser uno. Mandela, otro.

Tolstoi, autor de Guerra y Paz, una suerte de Ilíada moderna, decía que el poder es la causa de todos los males de que sufre la humanidad. Y el poder, cualquiera que este sea, tendrá siempre la guerra como una posibilidad de permanecer. Y en este punto habría que observar, en estos tiempos de desastre planetario, que la guerra también se ha tenido como un negocio extraordinario. Se han urdido guerras para ganar mercados, rutas comerciales, aplastar pueblos y quedarse con sus riquezas, y, en especial, para establecer una industria de armas y otras “delicadezas”.

Hoy que despierta la esperanza de una solución política negociada al largo conflicto interno colombiano, tanto la guerra como la paz tornan a ser objeto de miradas diversas, desde la de los fundamentalistas que a ultranza se oponen a cualquier acercamiento, como los que consideran que tanto una y otra pueden ser una fuente de ganancias. Y en este escenario chocan concepciones guerreristas y pacifistas.

Colombia en todo caso ha tenido en su vida republicana más tiempo de guerras civiles (o de guerras contra los civiles), conflictos armados, violencias partidistas, que períodos de tranquilidad. Una de las decisivas causas de enfrentamientos en el país, ha sido la tierra. Aquí no podríamos decir con el inca y su poesía, que el hombre es tierra que anda, sino que es tierra que se disputa, se quita, se expropia, se adueña por la fuerza. Jamás se ha cumplido por estos andurriales aquello de “la tierra es para quien la trabaja”.

El caldo de cultivo para las guerrillas ha sido, en Colombia, el despojo de tierras a campesinos; la miseria de vastos sectores sociales; los privilegios repartidos entre una minoría oligárquica; la intolerancia frente a pensamientos disidentes y otros factores que tienen que ver tanto con el estómago como con la cabeza. El conflicto lleva más de cincuenta años y sus raíces se hunden más allá del Bogotazo. Incluso, pudiera tener que ver con haber arrebatado a campesinos gallinas y marranos. Es que somos tan pobres, diría algún personaje de Rulfo.

Los miles de muertos de la Violencia, aquel período de terror en el que “pájaros” y chulavitas masacraron por doquier; la aparición de la guerrilla liberal y después o al mismo tiempo del bandolerismo; el surgimiento de grupos de autodefensa tras los bombardeos a Marquetalia y otras regiones y luego la emergencia de grupos guerrilleros, han caracterizado el ya viejo baño de sangre, que en múltiples veces ha sido azuzado y patrocinado por gamonales y las castas dominantes.

El conflicto armado colombiano, atravesado como si lo anterior fuera poco, por los carteles de la droga, mafias y paramilitares, las injerencias de la CIA y los Estados Unidos, las transnacionales, en fin, merece otra vez un nuevo intento de solución pacífica. Pudiera ser un paso hacia la civilización, aunque se diga que ésta, la civilización, ha sido la que más guerras ha inventado.

Tantos cantos se han hecho a la guerra, que parece que da más réditos que la paz. Los perros de la guerra ladran en todas partes. Y la paz, caso extraño, pertenece más al terreno del desprestigio. ¿Habrá un arte de la paz? ¿Será que como en otros intentos de buscar la paz, se apelará, como en la guerra, al arte del engaño? 

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