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Héctor Abad Faciolince 9 Feb 2013 - 9:00 pm

La paz y La Resbalosa

Héctor Abad Faciolince

Hagamos un repaso: en el año 2003, durante el primer período del presidente Uribe, 30.000 miembros de la organización terrorista Auc se desmovilizaron y sus líderes empezaron a dialogar con el gobierno en Santa Fe de Ralito.

Por: Héctor Abad Faciolince
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Allí se negoció durante casi tres años, y en ese proceso de paz, que terminó en el año 2006, hubo amplios beneficios penales para más de 30.000 combatientes, entre quienes había no solamente paramilitares sino también narcotraficantes que se acogieron al paraguas de la Ley de Justicia y Paz. Catorce líderes de las Auc fueron extraditados a Estados Unidos en mayo de 2008, acusados de seguir delinquiendo desde las cárceles. De los otros miles de terroristas, la gran mayoría están libres; algunos se han acogido a la legalidad; otros han vuelto a los negocios del narcotráfico o a integrar bandas neoparamilitares hoy conocidas como bacrim.

Si el objetivo de una negociación de paz es disminuir los niveles de violencia de un país desangrado, puede decirse que el proceso de paz con los paramilitares fue exitoso. A pesar de la vergonzosa impunidad de la que disfruta la inmensa mayoría de los antiguos paramilitares, su desmovilización ha disminuido en gran medida las cifras de homicidios, masacres y desplazamiento de la población civil. Estas mismas cifras demuestran que los paramilitares eran quienes más asesinatos cometían en Colombia. Los otros grandes campeones del asesinato, los secuestros y las masacres son las guerrillas, y de ellas me ocuparé más abajo.

Durante las conversaciones de paz con los paramilitares ocurrieron, entre otras, dos masacres cometidas cerca de San José de Apartadó: La Resbalosa y Mulatos. No me voy a ocupar de los adultos asesinados en estas masacres. En gracia de la discusión voy a admitir que todos los adultos asesinados allí eran aliados de las Farc, tal como sostuvieron en su momento el presidente Uribe, el vicepresidente Santos, y tres propagandistas del régimen: Plinio Apuleyo Mendoza, Fernando Londoño Hoyos y José Obdulio Gaviria. Pero en esas masacres hubo tres niños (uno de 11 años, Andrés Guerra, una de cinco, Natalia Bolívar, y uno de 18 meses, Santiago Bolívar) a quienes no se puede acusar de haber sido guerrilleros. Los dos últimos fueron degollados con machete. La justicia ha establecido en varias ocasiones (basada en confesiones de paramilitares y también de miembros del Ejército que se han acogido a sentencia anticipada) que esa masacre la cometieron —en colaboración— el bloque paramilitar Héroes de Tolavá, de la mano con oficiales y soldados del Ejército.

El asesinato de estos tres niños lo cometieron los paramilitares durante las conversaciones de Ralito. Pese a esto, el Gobierno no se levantó de la mesa y siguió adelante con el proceso de paz con los terroristas de las Auc. Se calcula que entre el 2003 y el 2006 los paramilitares alcanzaron a cometer más de mil asesinatos. Y las conversaciones no se interrumpieron. Los paramilitares siguieron traficando con drogas, pero la mesa tampoco se levantó.

Hoy el expresidente Uribe le exige al Gobierno que suspenda las negociaciones de paz con las Farc porque éstas han matado y secuestrado policías, porque dinamitaron una escuela construida por el Ejército y por otros actos terroristas en los que han muerto civiles e integrantes de la Fuerza Pública. Sin duda esos crímenes de las Farc son atroces y son execrables. Pero los crímenes cometidos durante el proceso de paz con los paramilitares fueron iguales o incluso más atroces. Y los mismos que quisieron hacer ver la masacre de tres niños como un ajusticiamiento de guerrilleros (Uribe, Pacho Santos, Londoño, José Obdulio), exigen que el Gobierno se levante de la mesa en La Habana. El doble rasero moral es evidente. Si el objetivo de un proceso de paz es disminuir los niveles de violencia, así como en el proceso de paz con los terroristas paramilitares hubo muy poca justicia a cambio de paz, lo mismo debe ofrecerse a los terroristas de las Farc.

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