Por: Santiago Montenegro

Peleas de dioses

Los valores que ponderamos y defendemos en la sociedad se parecen a las deidades de los antiguos griegos, quienes, siendo dioses, eran diferentes unos a otros, entraban en contradicciones y se peleaban por ganar la fidelidad de los humanos.

El sábado pasado en El Espectador, Mauricio García Villegas escribió una columna muy oportuna sobre los valores que defienden las distintas corrientes políticas, que recuerdan dichas peleas entre los dioses griegos. Según García Villegas, la izquierda debería entender y hablar de temas como la economía, la eficiencia del Estado, la seguridad, la moral, los derechos de propiedad o la producción si quiere, algún día, aprender a gobernar y no simplemente especializarse en una vocación de oposición. Afirma que esos temas son demasiado importantes como para dejárselos a la derecha. Aunque su artículo es más un llamado de atención a los grupos de izquierda, podría también haber agregado que los sectores de derecha harían bien por entender mejor los temas de la igualdad, de la distribución del ingreso, la participación política, los derechos humanos o la movilidad social, temas que, usualmente, defienden y ponderan más los grupos políticos de izquierda. No es un ejercicio fácil argumentar con precisión qué defienden unos u otros porque, entre otras cosas, hay muchas derechas y hay también muchas izquierdas. Pero, en términos generales, se podría agregar que, en tanto la derecha tiende a ponderar las libertades negativas, la igualdad ante la ley y los derechos civiles, la izquierda pondera más las libertades positivas, la igualdad fáctica y los derechos políticos. Pero, al final del día, es forzoso concluir que toda sociedad requiere, para ser viable, la conjunción de todos esos valores que promueven tanto la izquierda como la derecha. Lo que debe diferenciar a los grupos políticos no es la negación o la erradicación de algunos de esos valores, sino la particular ponderación que dan a unos o a otros. El problema que enfrentamos, entonces, como sociedad, es saber cómo hacemos para convivir civilizadamente, al tiempo que reconocemos que otros grupos de la sociedad ponderan una constelación de valores distintos a los nuestros.

Visto así, el problema que enfrentamos también puede entenderse en la forma que tenemos para tomar decisiones y esto, en alguna manera, nos conduce a tratar de definir qué es la racionalidad que aplicamos. Para muchos, la racionalidad es actuar o llegar a conclusiones en forma consistente con unas creencias y con unas reglas lógicas dadas. Yo prefiero una visión que argumenta que la verdadera racionalidad humana es la capacidad para lograr acuerdos. Es una definición que se basa en aprender a criticar, pero, sobre todo, en aceptar la crítica. Debemos pasar de una racionalidad instrumental, que se basa en tratar a los demás como objetos, a una racionalidad comunicativa que se fundamenta en la relación sujeto-sujeto. Por eso, lo que hace falta en nuestro país son escenarios de deliberación pública, donde todas las personas y grupos puedan discutir ordenadamente y aceptar que el mejor argumento gane. Hacen falta muchos foros en los periódicos, en las redes sociales, pero, muy especialmente, en programas de televisión en horarios triple A. Sólo así lograremos una democracia deliberativa en la cual, entre todos, nos pongamos de acuerdo en la ponderación de valores que necesita la sociedad en cada momento. Sólo así podremos calmar las peleas y las furias entre los dioses.

 

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