Por: María Elvira Bonilla

Perdonar lo imperdonable

En la cárcel de Cúcuta se realizó un acto de perdón en el que participó alias El Iguano y Salvatore Mancuso a través de un video.

Estaban presentes 135 víctimas directas de la cruel incursión de estos dos paramilitares al Catatumbo. El facilitador fue el padre Leonel Narváez de la Fundación para la Reconciliación, quien cuenta de primera mano lo que ocurrió, en un texto publicado en www.las2orillas.co. Marleny, una viuda, con su hijo que tenía dos años cuando El Iguano asesinó a su padre, confrontó duramente al paramilitar pero concluyó diciéndole: “yo te perdono”. La acompañaron buena parte de las víctimas asistentes.

El video del arrepentimiento de Mancuso, colgado en el mismo portal, no deja de ser impactante. Este es sólo un aparte: “Aguijoneado como estoy por dolores, remordimientos atribulados que navegan las aguas de mi memoria, imágenes que pugnan por salir a la luz, palpitaciones que sacuden mi alma con los ecos de lamentos y gemidos (…) Son los recuerdos del horror, los que alientan mi regreso a la tierra del combate, del despojo (…) No vive impunemente quien acompañó con su mirada aquel infierno (…) La humillación amarrada a la arrogancia del fusil. La quimera de la falsa victoria sobre la ofrenda del manso cordero de la tierra vencida y mancillada, sobre aquel paraíso convertido en campo de batalla, donde no hubo más derrotados y esclavos que los que gritamos triunfo (…) Qué equivocados estábamos (…) Una y mil veces perdón, un millón de veces perdón. Infinitas veces perdón. Toda la vida, toda la eternidad ¡perdón!”.

No es fácil digerir esto y no se trata de hacer juicios de valor sobre la sinceridad o no de las palabras de un Mancuso humillado en una cárcel gringa. Su nuevo rostro lo delata. Lo cierto es que es un alimento de reflexión. Porque, como decía el siempre recordado Guillermo Hoyos, la cultura del perdón debe entenderse como una virtud cívica y no una actitud religiosa, para evitar seguir atizando nuevas violencias, nuevos terrorismos, nuevas guerras.

Y se trata precisamente de perdonar lo imperdonable. Y superar la posición de quienes no están dispuestos a hacerlo a ningún precio y optan por seguir la guerra para que al final haya vencedores y vencidos, los dueños de la verdad y la moral, y los bandidos, los que sobrevivan para ser castigados, hasta que “se pudran” en una cárcel. Y punto.

Hay un perdón político, amnistía, indulto y figuras semejantes, que puede articularse en perdón legal, rebaja de penas. Mientras el perdón como virtud moral exige una actitud sincera de querer perdonar y de saber ser perdonado, la virtud política reconoce públicamente la culpa.

Y concluía Hoyos, de manera premonitoria, pocos meses antes de morir: “creo que en este momento en que se intenta un nuevo proceso de paz, lo más importante es que los colombianos nos preguntemos qué tan alta tenemos la virtud cívica de la cultura del perdón. Si llegamos a la actitud de querer poder perdonar lo imperdonable o si pensamos que el tema de la impunidad es asunto de justicia, no como equidad, sino como castigo, traducida en años de cárcel”. Y es este precisamente el dilema en el que está enfrascado el país.

Buscar columnista

Últimas Columnas de María Elvira Bonilla