Por: Adolfo León Atehortúa Cruz

Periodismo responsable

El periodismo, en tanto profesión, es un oficio que procura la indagación exhaustiva de la realidad para la producción de noticias y relatos que entreguen a la sociedad versiones claras y concretas sobre hechos acaecidos en su contexto inmediato.

Simple e incompleta, dirigida a un solo ámbito de su quehacer, esta definición es útil, sin embargo, para determinar en parte el papel del periodista y su deontología profesional, constituida por normas y deberes éticos que no solo le obligan a enfrentar el fenómeno actual de la llamada posverdad, sino también a la búsqueda diligente y seria de las fuentes y opiniones que debe confrontar en su complejo escenario de responsabilidad e independencia.

El periodista, en este sentido, tiene la posibilidad de sacudirnos e introducirnos en un hecho. El medio que utiliza, como dice Pierre Nora1, es a la vida moderna como el campanario al pueblo, portador de una palabra imprevista que se recibe a domicilio sin mayor esfuerzo y que suele acomodarse, entonces, en el imaginario de las gentes sin mayor examen ni perplejidad. Con su acción, el periodista proyecta el acontecimiento y lo arroja sobre la vida privada. Pero puede hacerlo como reflexión y análisis o como espectáculo; con apego a la verdad o carente de honestidad; con el encanto de informar, o con la prisa y levedad que desinforma, señala y destruye sin compromiso alguno con respecto a la cautela y el deber.

En realidad, no es siempre fácil. Cuando el desenlace y los resultados de un acontecimiento adquieren características dramáticas o destellos asequibles al sensacionalismo y la espectacularidad, su transmisión directa enfrenta al periodista ante el peligro de perder toda posibilidad de análisis; de abandonar la observación de su carácter histórico y las ligazones estructurales que el hecho encierra; de envolver en penumbra las circunstancias y características del suceso y sus autores; de actuar con ligereza y renunciar a la construcción de credibilidad.

Lo sucedido con la versión inicial del diario El Tiempo sobre los tristes y, desde luego, repudiables hechos sucedidos en el Centro Comercial Andino de Bogotá el pasado fin de semana es una muestra del periodismo mal entendido e irresponsablemente utilizado: primero, sin fundamento, la versión vinculó a la Universidad Nacional en relación con presuntos pero no demostrados autores de tan execrable crimen y luego, ante el reclamo justo e indignado del rector del alma mater, Ignacio Mantilla Prada, cambió en el texto electrónico (ya era imposible hacerlo en el papel), a la Universidad Nacional por “universidades públicas”. Todo un desastre que devela improvisación y falta de seriedad; una ausencia de ética que, al mismo tiempo, demuestra la falta de compromiso con la verdad y la prevalencia de lo absurdo y trivial en la construcción de hipótesis que en nada ayudan a la información y que lesionan, además, la investigación judicial que sobre los hechos se adelante.

Importante, entonces, esta especie de sermón y cátedra que recuerda e invoca responsabilidad, seriedad y respeto en el ejercicio del periodismo: por las instituciones y comunidades a las cuales agrede; por el público al que desinforma, y por la investigación cuya afirmación desvía. Cabe aquí evocar una máxima que el Chicago Tribune infunde a sus periodistas: “Si su madre dice que lo ama, verifíquelo antes de repetirlo”.

El cuidado en la labor del periodista no es simplemente profesional, no es solo un asunto de ética. Es una opción de vida: comprender su propia experiencia y evaluar su destino localizándose a sí mismo en su época y espacio; conocer sus posibilidades en la vida conociendo las de aquellas personas que se hallan en sus circunstancias, actuar con seriedad y compromiso; sentir lo que otros sienten, como enseñaba John Lee Anderson. Poner el deber del intelectual y del profesional por encima de la espectacularidad, el escándalo y la premura.

Para Wright Mills, a medida que las imágenes de la naturaleza humana se hacen más problemáticas, se siente cada vez más la necesidad de prestar atención más estrecha, pero más imaginativa, a las prácticas y a las catástrofes sociales que revelan y que moldean la naturaleza del hombre y de la mujer en este tiempo de inquietud civil y conflictos sociales2. La masificación de la mentira, de esa mentira aberrante y utilitaria, los obstáculos del poder contra la reflexión, contra la libertad y el pensamiento, son sólo reductibles en la medida en que más ávidamente los científicos sociales se decidan a enfrentarlos. El periodismo tiene allí una tarea diáfana y concreta: poner en claro los elementos del malestar y la indiferencia contemporáneos, obrar con seriedad, acercarse a la objetividad y escudriñar la razón de los hechos con honestidad. Esta es la demanda central que le hacen los otros trabajadores de la cultura y, en general, toda la comunidad intelectual. “La noticia no es siempre la que se da primero, sino muchas veces la que se da mejor”, enseñaba García Márquez.

1NORA, Pierre (dir.). (1993). Les lieux de mémoire (Los lugares de la memoria), París, Gallimard.

2WRIGHT MILLS, Charles. (2003). La imaginación sociológica. México, FCE.

*Rector Universidad Pedagógica Nacional.

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