Por: Alfredo Molano Bravo

La perra de Getsemaní

GETSEMANÍ ES UNA CARTAGENA CHIquita. Popular, muy popular. Inclusive hoy, cuando los extranjeros han comprado casas para convertirlas en hostales, restaurantes y bares.

Es más que un barrio; es todavía un pueblo de calles caprichosas y andenes estrechos, dos iglesias con altozano y plaza. En horas de trabajo es solitario porque su gente se rebusca en Cartagena, la vecina, la ajena, donde corren los dólares. Al caer la tarde Getsemaní es una fiesta. A la placita de la iglesia de La Trinidad —una media luna con tres o cuatro palmas y una larga banca circular— llegan a buscar la brisa, y la risa, los que siempre han vivido en el barrio. Al lado de la iglesia hay tres estatuas: Benkos Biohó, Bartolomé de las Casas y el Tamborero. Al frente, dos tiendas atendidas por paisas que venden todo y a toda carrera; hacen cuentas a las volandas con una mano, mientras con la otra despachan tres cervezas heladas, un champú con rinse y alisador, una libra de frisol, dos panelas, cuatro cebollas, una caja de toallas sanitarias. Alrededor de la plaza se instala al anochecer una venta de jugos —zapote, mango, banano, maracuyá— batidos en una licuadora que tritura el hielo sin contemplación. Hay también un par de hornillas de carbón vegetal que la brisa aviva y donde se asan bofe, chorizo, chunchullo; al lado, en un pailón con aceite mil veces recalentado, se fritan la carimañola, la arepa de huevo, la yuca, la tajada y el chicharrón. En la placita de La Trinidad se reúnen poco a poco, pero invariablemente, el barrio entero y tal cual turista desorientado. Convergen a “brisar” y a chismosear; a saber qué pasa, por dónde pasa y a quién le pasa. Llegan las abuelas con sus nietos, los hombres que sudaron el día en el muelle, las vendedoras de almacén y las lavadoras de ropa, los vendedores de chance, las vendedoras de frutas, el policía de tránsito. Los niños juegan con su pelota, sus cuerdas para saltar, sus bicicletas; retozan, corren, se prenden como maromeros a las estatuas de los héroes del barrio. Los jóvenes se hacen pases con un balón a medio desinflar. La brisa es cada vez más fresca. Suena el bambá, retumba el picó. Pasa una quinceañera de falda corta y flor enredada en la trenza. Los viejos juegan dominó acaballados en la banca haciendo sonar las fichas. Pasan los muchachos estrenando sus crestas engominadas; los ancianos, silenciosos, miran sin mirar. Los bebés piden tetero y acaloran el seno de sus abuelas. Llega el amante de la quinceañera recién peinado. Los adolescentes se acuestan en el altozano a fumar. La policía pasa, mira, sigue.

Una perra escuálida, arrastrando las tetas sobre el pavimento, se caga en la mitad de la plaza. La espantan por no dejar. El animal no se inmuta. Está en lo que está; mira al público sin miedo y sigue cagando. La gente, toda la gente, detalla lo que es ya un suceso: alguien tendrá que pisar ese bollo, fresco, hediondo, resbaloso. Sube el telón. Se espera con picardía al paciente que se cagará el zapato, para soltar la carcajada general. Los jugadores de fútbol pasan con tino la pelota por encima de la caca; los niños le hacen corro a la mierda, se empujan unos a otros, pero saben saltar sobre el peligro; algún transeúnte lo sospecha —o lo sabe— y tuerce su camino; otro brinca a milímetros, pero se salva. La gente espera. La expectativa crece, la burla se contiene. Llegará quien venga a toparse con su destino. De atrás, sale un cojo, haciendo sonar su muleta sobre el pavimento, va directo al bollo. El hombre oye risitas anticipadas, casi vengativas. No sabe de dónde vienen, pero sabe que caen sobre él. Mira hacia arriba, hacia los lados, buscando culpables y sigue su rumbo fatal. El bollo espera impasible. La galería se alborota. Faltan cinco trancos, dos, y un huuuuuyyyy revolotea sobre la plaza. El cojo atina con la punta de su muleta. Aplauso general, frenético, electrizado. El cojo no supo lo que pasó. La noche se acaba, la brisa se va, la gente tiene que madrugar. Quizás el hombre no limpiará su muleta, al fin y al cabo no hace parte de su cuerpo.

Buscar columnista

Últimas Columnas de %2