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Umberto Eco 30 Ene 2016 - 9:00 pm

Pesebres y terrorismo

Umberto Eco

Los medios siempre les piden a escritores, psicólogos y filósofos su opinión sobre los temas de actualidad, pero los intelectuales no son oráculos con respuestas para todo.

Por: Umberto Eco
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Recientemente han reaparecido en la agenda algunos asuntos espinosos que traté de abordar hace años. Así que, si me repito a mí mismo, no será del todo mi culpa.

La primera cuestión se refiere al puñado de escuelas italianas que en años recientes han decidido no montar un pesebre por temor ofender a los alumnos de origen no cristiano. Mi padre, que no era creyente, solía pasar muchas noches en tiempo de Navidad montando espléndidas escenas de la Natividad, simplemente porque se sentía vinculado con la tradición. ¿Tiene sentido, entonces, impedir que los niños que sí creen participen en esa misma tradición en la escuela?

Bueno, el hecho mismo de que muchas escuelas cuenten con un estudiantado diverso nos da una excelente solución para este problema: en época de Navidad, las escuelas pueden poner un pesebre en un salón particular, dedicado a las imágenes religiosas, donde los niños que deseen puedan verlo. Entonces, en las fiestas musulmanas y judías importantes, también pueden crearse y montarse diferentes exhibiciones en ese mismo salón, con un profesor a la mano para que explique las imágenes a los estudiantes que no las entiendan.

Los niños tendrían la libertad de participar en esas exhibiciones religiosas como lo consideraran conveniente. Así tendrían una oportunidad de aprender acerca de la pluralidad de creencias, lo cual sería un beneficio para su educación, dado que en las escuelas por lo general no se enseña la historia de las religiones mundiales.

La segunda cuestión se refiere a la responsabilidad de los intelectuales de abordar los asuntos públicos. En la televisión y en otras partes no dejo de oír que preguntan por qué los intelectuales no alzan la voz en contra de la amenaza del terrorismo.

Para empezar, yo diría que esta pregunta no se aplica a los intelectuales franceses, que han estado debatiendo a fondo los ataques terroristas del año pasado y cómo debe de reaccionar la nación. Pero incluso fuera de Francia, simplemente no es cierto que los intelectuales no hablen del terrorismo; de hecho, hablan de eso continuamente. Aquí en Italia, por ejemplo, lo único que hay que hacer es encender el televisor u hojear un periódico para encontrar escritores, filósofos y psicólogos dando su opinión sobre el extremismo violento.

Así pues, una pregunta más pertinente sería algo más abstracto e inquietante: “¿Por qué los intelectuales no nos proporcionan las respuestas que nuestros políticos no han podido ofrecernos?”. Es extraño e incluso fetichista que la gente tenga esta expectativa, como si los intelectuales fueran oráculos de donde surgieran todas las respuestas. ¿Quién dice que los grandes poetas, pensadores y novelistas saben qué hacer en situaciones que dejan perplejas a las mejores mentes del mundo político?

Es verdad, como he dicho en numerosas ocasiones, que a veces los intelectuales pueden prever el futuro; basta revisar los aspectos proféticos de la novela de George Orwell “1984”. Y los intelectuales ciertamente pueden ayudarnos a entender eventos importantes. Pero en el momento actual, la opinión de un intelectual es tan valiosa como la de cualquier otra persona. Los intelectuales pueden darles voz a la consternación, al dolor o a la indignación, pero si por ejemplo propusieran que no hay que bombardear las ciudades sirias sino solo los pozos petroleros del país, su juicio no valdría más que el de cualquier político que dijera lo mismo.

Hace muchos años escribí que si un poeta se encontrara en un teatro en el que estallara un incendio, no debería ponerse de pie y leer en voz alta sus poemas; no, debería de llamar a los bomberos. Así pues, esperar que los intelectuales proporcionen todas las respuestas es una forma de evitar admitir que los políticos, los jefes de Estado y los generales tampoco tienen las respuestas. La gente que apela a los intelectuales ante las penurias de la vida actúa como los católicos devotos que solo ven a los santos.

 

 

* Autor de “Baudolino”, “El nombre de la rosa” y “El péndulo de Foucault”, entre otros. Traducido del italiano al inglés por Alastair McEwen.

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Opinión por:

Boyancio

Dom, 01/31/2016 - 04:37
Gracias....¡bambino! pues es mucho lo grato leerte.
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