Por: Nicolás Rodríguez

Pinche familia tradicional

A diferencia de muchos de sus criticos, creo que el concejal Marco Fidel Ramírez, quien predica y se opone a “la necesidad de exacerbar necesidades genitales”, es un tipo útil. No es muy popular (o siquiera respetado), pero, bien leídas y soportadas, sus palabras de odio y falsa castidad pueden llevar a la salvación.

Refiriéndose al papel del hombre en el hogar, por ejemplo, este ilustre concejal, que nadie conoce, nos habla de “referencia de autoridad y liderazgo”. Frente a las mujeres que están ahí exclusivamente para procrear, cual si fuesen vacas, el concejal agrega otros roles menores, que no por ello dispensables: “ternura, amor, consejo de madre”.

El hombre, entonces, que lidera y decide. El imprescindible. Y la mujer, pasiva y de gran corazón. Si no es que a veces histérica. Por supuesto, no hay lugar para enrarecidos héroes de sospechosa sexualidad que quieran asumir otras posiciones. Esta es la dichosa vida al natural.   

Y este sería, en consecuencia, el molde hogareño. La estructura misma de la jerarquía que precisa repetición, no vaya y sea que Eva termine por sacarle los ojos a Adán. Nada nunca nos pasará como especie si nos atenemos a esta frecuente mezcla de lugares comunes y truculentas consideraciones biológicas. O esa es la promesa.

Pero como lo que queremos es justamente ponerle un fin a toda esta pesadilla, a todo este “equilibrio emocional” que predica el autodenominado “concejal de la familia” como única receta para niños sanos y rectos, que sea por aquí mismo por donde todo se vaya el carajo. Pues en efecto, sus palabras encierran verdades.  

¿Que la familia (“la verdadera familia”, le dicen) está llamada a fortalecer los valores de la niñez y a garantizar la supervivencia de la sociedad colombiana, como lo sueña también el Procurador? ¿Que esta es la célula fundamental, la primera en crear ese caldo de anzuelos que llaman eufemísticamente "capital humano y social"? Pues eso: a boicotearla cuanto antes, con todos los argumentos, desplantes, desviaciones y condones de sabores y texturas posibles.

Que ojalá y no solo cese el mal gusto de la música cristiana. Que no quede enseñanza, valor y moral alguna con qué transmitir y justificar tanto machismo y misoginia. Que la “institución más importante de la sociedad” sea derribada por completo, hasta empezar de menos cero (antes de Cristo, si se pudiere), o que sea apenas un lugar de paso y retención para los que en ella tienen la maldición de sobrevivir. Y ya que estamos en estas: que la homofobia sea pecado.  

nicolasidarraga@gmail.com 

 

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