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Carlos Granés 20 Dic 2012 - 11:00 pm

Pinker, la evolución y la violencia

Carlos Granés

Después de la masacre de Newtown, cinco décadas batallando con las Farc y largos años deFarc, parecería absurdo decir que nunca hemos vivimos tiempos más pacíficos, y sin embargo eso es lo que hace el psicólogo canadiense Steven Pinker.

Por: Carlos Granés
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 Entre los intelectuales contemporáneos, dudo que haya alguien que presente más desafíos a nuestro sentido común. Mientras las humanidades permanecen aplastadas bajo la verborrea posmoderna y la antropología y la sociología siguen atadas a gurúes de los sesenta, la psicología cognitiva ha dado un salto revolucionario en el que Pinker ha sido protagonista incuestionable. Además de ser pionero en investigaciones sobre el lenguaje, ha sabido compendiar el avance cognitivo en una serie de libros de titánica ambición: cambiar la forma en que nos pensamos a nosotros mismos.

Pinker retoma la herencia ilustrada y el desafío darwiniano para remover nuestras intuiciones. Somos biología y materia; nuestras capacidades cognitivas no son un regalo de Dios, sino el efecto de un lento proceso de selección natural. La teoría de Darwin se aplica a las orquídeas y a las tortugas tanto como a nuestro cerebro. No llegamos al mundo como un receptáculo en blanco que la cultura y la educación deben llenar, ni como un ser inocente sin vicios, pecados ni pulsiones violentas. Llegamos con una carga genética poderosa y una dotación biológica que marcará desde el inicio nuestro carácter y nuestras capacidades.

El psicólogo no deja piedra sobre piedra. En cuanto a la violencia, afirma que es insulso echarle la culpa a la sociedad o a los traumas infantiles. La agresividad la llevamos dentro y nunca se manifiesta tan claramente como a los dos años, cuando sin remordimiento mataríamos al compañerito de turno por el más trivial motivo. La pregunta no es por qué somos agresivos, sino por qué dejamos de serlo. ¿El exceso de armas, los programas sangrientos o la lucha por la tierra nos convierten en bestias? Esos interrogantes son un callejón sin salida. Lo que interesa a Pinker es mostrar cómo los procesos que instituyeron estados democráticos, relaciones comerciales, feminización de las costumbres, cosmopolitismo y campañas para ampliar derechos a las mujeres, niños y minorías oprimidas, inculcados mediante la exhaustiva reiteración en la escuela y el discurso público, mantienen dormidos nuestros demonios y despiertan los mecanismos opuestos: la empatía y el autocontrol. La Modernidad occidental, que para muchos autores es una cárcel que reprime y mutila la identidad, es para Pinker lo contrario: el mundo en el que más opciones tenemos de no morir torturados, quemados o lapidados. El problema no es la racionalidad, sino la ausencia de las instituciones que vienen de su mano.

Esta es sólo una de las ideas de Pinker; una muestra de lo que implica tomarse en serio el hecho de ser materia, seres biológicos sometidos a las mismas leyes de la evolución que cualquier otro ser vivo. Y a estas alturas del partido, ¿no es así como deberíamos pensarnos?

 

* Carlos Granés

 

 

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