Por: Julián Cubillos

Polarización

"Lamento profundamente que las bombas británicas y estadounidenses mataran a 135.000 personas en el bombardeo de Dresde, pero, recordando quién empezó la última guerra, lamento mucho más la pérdida de más de 5.000.000 de vidas aliadas en un grandioso esfuerzo por destruir completa y definitivamente el nazismo".

Se trata de un testimonio viejo, escrito en 1964 por Ira C. Eaker, teniente general de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos. Un testimonio (tristemente) célebre, gracias a Matadero Cinco, la gran novela de Kurt Vonnegut. Un testimonio falso, por lo demás, pues bien sabemos hoy que en dicho bombardeo no murieron más de 25.000 personas. Con todo, un testimonio siempre vigente, ya que (en esencia) es la voz incesante en medio de todo conflicto armado, la voz de la polarización.

Esa misma voz que escuchamos aquí cuando un soldado llora a causa de la deshonra de parte de aquellos por quienes lucha. Esa voz que, disfrazada de imagen e indignación, le da la vuelta al mundo y que sólo cesa cuando, horas después, las lágrimas son lavadas con la sangre de los indígenas asesinados por el Ejército. Y entonces se levanta una nueva voz, la misma, desde el lado contrario. Entonces damos gracias a los voceros de uno y otro bando por saber entender el sentimiento popular, por ser la voz de los que no tenemos voz, por aguzar nuestra polarización. Agradecemos, así, a quienes no entienden que las lágrimas de nuestros soldados y la sangre de nuestros indígenas son petróleo para el fuego de las Farc y la derecha radical. Agradecemos y amplificamos el despropósito.

Y lo seguimos haciendo. Como Eaker, seguimos sopesando las afrentas. Porque ¡la Izquierda rinde homenaje a Chávez!, porque ¡la Derecha insiste en la constituyente!; porque ¡Piedad Córdoba dice que…!, porque ¡¿cuánto no ha dicho Álvaro Uribe Vélez?! Tal parece que una cosa es la guerra que se libra a sangre y fuego en las zonas rurales de este país; otra, el debate público que, mediante pluma y medios audiovisuales, se sostiene desde la comodidad urbana. Pero es de sospechar que son las dos caras (guerra y guerra mediática) de una misma moneda y que, en consecuencia, todos alimentamos este conflicto. Como también es de sospechar que hay una delgada línea entre no tomar partido y ser indiferente. Una sospecha legítima.

Esa línea bien se podría trazar con cinismo –en tanto que desencanto reflexivo de los discursos imperantes, no como desvergüenza en el pensar y actuar–; pero también con pacifismo, puesto que lejos de constituir una virtud, tomar partido o mantenerse al margen del conflicto es hacer parte del mismo. Un pacifismo que requiere de valentía y sensatez, que no es tan fácil como pintarse la cara, ondear una bandera o empuñar un arma. Porque la lucha fundamental del pacifista es contra su propia naturaleza, que es hostil; la lucha más difícil de la libre voluntad. El pacifista es, en esencia, una negación de sí mismo, una contradicción en los términos. Una locura que nos recuerda al soldado Billy Pilgrim –el personaje principal de la novela de Vonnegut–, que está la margen de la realidad, que tal vez por eso no se hace partícipe de la estupidez de la guerra.

Con todo, no creo que sea necesario que sobrevenga la locura para dejar de luchar. Luchar por el pacifismo –al tiempo que Izquierda y Derecha radicales sigan haciendo su negocio con la ayuda de algunas voces, al tiempo que seamos cada vez más conscientes de que se trata de una lucha contra la hostilidad de nuestra propia naturaleza– es luchar contra la polarización; una forma no menos eficaz de luchar contra esta guerra.

@Julian_Cubillos 

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