Por: Andrés Hoyos

Polarización

Me preguntaba por estos días por qué hay tanta polarización política en América Latina, cuando Perogrullo me dio una respuesta inapelable: porque funciona.

Chávez, el campeón en la materia, ganó un cuarto mandato el 7 de octubre de 2012 con un discurso plagado de insultos al rival, aunque desde luego que también aceitó la maquinaria con un gasto público desbordado. Sin embargo, la polarización no sólo le funciona a Chávez: otros caudillos subcontinentales se han hecho fuertes detrás de ella: Correa, Morales, Cristina Kirchner, el inefable Ortega y, sí, incluso el mismísimo Álvaro Uribe, que en estas materias es de signo apenas aparentemente contrario a los mencionados. Más difícil, claro, y más importante, es contestar la pregunta de por qué polarizar funciona. Lo que sigue es el esbozo de una hipótesis de respuesta.

La polarización política está emparentada —y no sólo de manera formal— con la telenovela porque, al igual que el melodrama exitoso, divide al mundo en buenos y malos, en amigos y enemigos, en blanco y negro, limitando al máximo los grises. Al igual que su pariente televisiva, la vertiente política es una apuesta por la pereza o la ignorancia del ciudadano promedio y, por la misma razón, cautiva la imaginación de gente poco ilustrada o perezosa que, dolorosamente, abunda en estos países. El cubrimiento espectacular de las noticias hecho por la televisión refuerza la polarización política, pues el medio simplifica y recarga las tintas casi por definición. A la prensa escrita la polarización le sirve menos, así caiga con frecuencia en la trampa.

Toda polarización es interesada y destierra la reflexión. ¿Para qué complicarse la vida si las cosas están claras de antemano? El sutil, el que matiza, el que no se asimila a un trato genérico, es triturado por la maquinaria maniquea. A veces la polarización parte de bases reales —un régimen agotado en Venezuela en 1998, una arrogancia guerrillera desbordada en Colombia en 2002— y puede ser necesaria, sobre todo cuando la amenaza que se cierne sobre una sociedad tiene la capacidad de destruirla. Churchill polarizó a Inglaterra en 1940 y, de paso, la salvó. Otras veces, claro, el tiro sale por la culata, como parece estarle pasando ahora a la derecha americana.

¿Se ha vuelto la polarización un vicio político, como proponen algunos? Yo creo que sí, tanto para quien la genera como para quien la consume, al punto de que cuando las polarizaciones necesarias dejan de serlo los adictos son los últimos en enterarse. Otra característica de la polarización es que aquellas que se prolongan mucho o soy muy agudas resucitan con facilidad, como lo demuestran las casi increíbles nostalgias peronistas que cada tanto resurgen en Argentina. La polarización obviamente le conviene a un caudillo y no sólo porque le ayuda a ganar elecciones; también lo reviste del famoso teflón que primero se señaló en el caso de Reagan.

Sea de ello lo que fuere, los polarizadores han resultado ganadores últimamente en América Latina. El recurso sólo se vuelve peligroso cuando los polos son tres o más, pues cabe entonces la posibilidad de que el gris salga favorecido. Las recientes elecciones presidenciales de México, divididas en tres y sin segunda vuelta, le dieron el triunfo a Enrique Peña Nieto, el gris candidato del PRI.

En cualquier caso, los lentes polarizados deforman el panorama político en vez de aclararlo y no son convenientes.

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