Por: Jaime Arocha

Policultivo y enruanados

“La rebelión de las ruanas” es un nuevo hito histórico.

La revista Semana acuñó el nombre a propósito de la espiral de inconformismo e indignación que ascendió desde Tunja y Ventaquemada hacia los demás altiplanos de Cundinamarca y Nariño, arrastrando consigo a campesinos e indígenas de tierras parecidas o calientes del Cauca y templadas del Eje Cafetero. Las noticias sobre el crecimiento que este fenómeno excepcional tuvo en diez días también se refirieron a la solidaridad de la cual fue objeto la protesta. De ahí que ese acontecimiento le restara atención mediática al Primer Congreso Nacional de Comunidades Negras. Se llevó a cabo entre el 23 y el 27 de agosto en Quibdó y convocó tanto a los líderes emblemáticos del movimiento social y político de la gente negra, afrocolombiana, palenquera y raizal, como a nuevas generaciones que representaban organizaciones, consejos comunitarios y comunidades que aspiran a tenerlos. Conmemoraron el vigésimo aniversario de la promulgación de la Ley 70 de 1993, que hizo explícitos derechos culturales, políticos y territoriales de la gente de ascendencia africana.

Junto con las disposiciones sobre entidades territoriales indígenas y con la Ley 160 de 1994, referente a las zonas de reserva campesina, de manera excepcional, la “Ley de Negritudes” reivindica un modelo alternativo para el desenvolvimiento del campo, a saber: el cultivo simultáneo de diversas especies vegetales dentro de un mismo claro que se le reclama a la selva tropical por cinco o siete años. Las diversas plantas que comparten el mismo espacio atraen variados depredadores de larvas e insectos, y forman barreras físicas para la propagación de enfermedades. Por esos controles biológicos de plagas y enfermedades, los policultivos respetan las rondas boscosas que originan y protegen nacederos de agua. Se mantienen vigentes por la experimentación autóctona con semillas locales bien adaptadas al medio, cuyos riesgos de extinción los pequeños cultivadores perciben como directamente proporcionales a las fumigaciones y a los tratados de libre comercio, así Corpoica diga lo contrario.

De niño conocí policultivos en Samacá, sustituidos hoy por monocultivos de papa, cebolla, zanahoria o pasto que crecen aplicando aquellos venenos cuyos costos hoy tienen a esos campesinos al borde de la quiebra. Como sucede con su equivalente de monocultivos agroindustriales, contaminan agua, aire y suelo, dejando entre otras víctimas a pájaros y abejas indispensables para la polinización. Las denuncias recientes sobre monopolio territorial, a partir de la manipulación de la ley o del terror, localizan a esa agroindustria en un lugar aparte que además resalta el desamparo legal que afecta a los pequeños productores.

El presidente Santos reconoció el abandono cotidiano al cual los gobiernos de los últimos 20 años han sometido al campesinado. Ese mea culpa ha debido incluir su Plan de Desarrollo 2010-2014, Prosperidad para Todos, porque desconoce que la investigación académica puede aplicarse a la defensa, perfeccionamiento y propagación de los policultivos amigables con la naturaleza. La apertura de otras vías para la locomotora de ciencia y tecnología contribuiría a reducir indignidades e inconformismos que no se vestirán de ruana, sino de mochitos y bota pantanera para marchar hacia la Plaza de Bolívar a ritmo de marimba y chirimía.

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