Por: Elisabeth Ungar Bleier

La política, los políticos y lo público

En Colombia la mejor manera de desacreditar las actuaciones o las opiniones de una persona que expresa una posición sobre un asunto público es diciendo que tiene intereses políticos.

Para ilustrar lo anterior, sólo es necesario repasar algunos de los hechos más importantes que han ocurrido en los últimos días en el país y observar cómo este argumento es utilizado por todas las partes involucradas y por personas de todas las vertientes políticas, posiciones sociales y campos de acción. Por ejemplo, en el marco de las conversaciones de paz que se están adelantando en La Habana, muchos de los que las critican afirman que los negociadores de las Farc tienen intereses políticos, que sólo aspiran a llegar a cargos de elección popular y de esta manera buscan descalificarlas. Por otro lado, ante la pregunta de un periodista a un miembro de la guerrilla si le gustaría ser elegido, respondió que ellos no son, ni aspiran a ser “como los politiqueros de turno” y que le daría vergüenza ocupar una curul.

De otra parte, en el marco de las gestiones para enfrentar el paro cafetero, el Gobierno ha denunciado reiteradamente que detrás de quienes lo han apoyado se mueven intereses políticos, haciendo referencia a algunos congresistas de diversas vertientes partidistas que se han solidarizado con los caficultores y han expresado su acuerdo con sus demandas.

Si bien posiciones como las descritas reflejan el creciente desprestigio de la política y de los políticos, no deja de ser un síntoma muy preocupante y paradójico que estas provengan precisamente de los que hacen y viven de la política. ¿O acaso gobernar o hacer parte de un proceso de negociación de paz no son actos en esencia políticos?

Una cosa es criticar y rechazar a quienes se han aprovechado indebidamente de su poder político para beneficiarse o para beneficiar a terceros, o a quienes han violado los derechos humanos o cometido delitos de lesa humanidad supuestamente en nombre de un “ideal político”, y otra pretender invalidar las legítimas aspiraciones y actuaciones de quienes han sido electos o aspiran a serlo en representación de determinados intereses o sectores sociales. Como dijo el senador Jorge Enrique Robledo en una entrevista con la periodista Cecilia Orozco: “Es infantil la teoría según la cual si el político opina a favor del Gobierno es un estadista, pero si opina en contra es un indeseable” (http://www.elespectador.com/impreso/cuadernilloa/entrevista-de-cecilia-o...).

El discurso de la antipolítica es muy popular. Da votos y se nutre precisamente de la debilidad de los partidos políticos, de la pobreza de sus propuestas programáticas, del abuso de muchos políticos de su posición y de la personalización y mediatización de la política. Pero no puede convertirse en el camino fácil para ejercer el poder.

Asumir una actitud vergonzante y descalificar a los políticos porque piensan de una manera diferente en nada contribuye a solucionar los problemas y empobrece el debate sobre lo que es realmente importante. La razón de ser de la política es en esencia lo público y es precisamente en torno a esto que debe girar el debate.

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