Por: Mauricio García Villegas

Políticos y reinas que no leen

Hace muchos años que no veo un reinado de belleza. No soporto las preguntas que les hacen los jurados a las candidatas el día de la coronación: ¿cuál es su libro favorito?; si usted pudiera conversar con el Papa, ¿qué le pediría?; ¿cómo cree que se podría lograr la paz en el mundo?, y cosas de esas.

Los concursos de belleza se hicieron para que la gente vea mujeres hermosas y admire sus cuerpos. Sin embargo, para disimular esa verdad llana y pedestre, los organizadores del concurso le meten moral y filantropía. A mediados del siglo pasado el jurado se fijaba en los apellidos y en las convicciones éticas de las candidatas, como queriendo proponer un modelo de futuras madres para el país. Hoy, en cambio, se fijan en la inteligencia, medida según la calidad de sus propuestas para salvar el mundo. En ambos casos el propósito es el mismo: recubrir la mirada carnal de los televidentes con algo de espiritualidad; así se nubla el mercantilismo prosaico y machista que hay detrás.

Pienso en esto cuando leo la noticia sobre lo ocurrido con el candidato a la presidencia de México, Enrique Peña Nieto, durante su reciente visita a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Los periodistas le preguntaron acerca de sus libros preferidos, ante lo cual el candidato se enredó, se le confundieron los autores y no supo responder (algo parecido le sucedió a Petro en una entrevista que le hicieron en la revista Arcadia). Después de este fiasco, a Peña Nieto le han llovido las críticas, empezando por las de intelectuales como Carlos Fuentes (uno de los olvidados por Peña Nieto), quien sostuvo que “ese señor tiene derecho a no leerme. Lo que no tiene derecho es a ser presidente de México a partir de la ignorancia”.

Creo que no sobra preguntarse por qué, en México o en Colombia, países en donde los lectores habituales no pasan del 5%, la ignorancia literaria produce tanto escándalo. Es cierto que la falta de conocimientos está menos justificada en quien pretende ser presidente de un país, que en una jovencita que busca conseguir un puesto como modelo. Sin embargo, me parece que en ambos casos hay una idealización del valor de la lectura. Sólo exagero un poco si digo que exigir de los políticos que sean buenos lectores es tanto como pedirle a un chef de cocina que conozca la composición química de los ingredientes que utiliza. No sobra, y es bueno que lo sepa, pero si no lo sabe no hay que armar un escándalo.

Con esto no estoy diciendo que me gusta el extremo opuesto, es decir, el populismo político (tan común en la derecha de los Estados Unidos) que, en nombre de la gente del común, desprecia a los intelectuales, a los tecnócratas y a la ciencia. Esa reivindicación de la ignorancia me parece todavía peor.

Lo que creo es que hay una desmesura en la indignación que entre nosotros produce la ignorancia literaria de los políticos. Ese exceso es, claro, producto del morbo televisivo que contamina hoy a la política. Pero me parece que hay algo más que eso: los políticos no son intelectuales, ni necesariamente gente culta, y no tienen por qué serlo. Pretender que lo sean es una especie de negación de la realidad política; una idealización del oficio similar a la que ocurre con los reinados.

La furia desatada contra Peña Nieto por sus declaraciones literarias no me parece pues un asunto gratuito: el fuego purificador del castigo verbal satisface nuestra conciencia inquisidora y nos permite soportar mejor a los políticos, por el simple hecho de saber que han sido reprendidos con nuestras palabras.

 

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