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Reinaldo Spitaletta 4 Feb 2013 - 11:00 pm

Sombrero de mago

Politiquería de guerra y de paz

Reinaldo Spitaletta

Tanto a la paz como a la guerra los políticos, los escritores, los académicos y un extenso etcétera les han sacado dividendos.

Por: Reinaldo Spitaletta
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Y en un sentido similar, las denominadas derecha e izquierda políticas. Así que, por ahora, el debate en Colombia es qué tanto ganará Santos si no fracasan las conversaciones de paz en La Habana, y qué botín se llevará Uribe si, como ha ocurrido en otras situaciones históricas, las negociaciones abortan.

Uribe, por ahora, entra en una histeria calculada y muestra fotografías de policías muertos, habla de los secuestros, de que la guerrilla sigue atacando, y todo para decir en últimas que su antiguo ministro de Defensa, al que le correspondieron en suerte los “falsos positivos”, está echando por la borda la “seguridad democrática”. Y para hacer política (o más exactamente, politiquería), el expresidente necesita la guerra, que el conflicto armado (¿ah, se acuerdan que él negaba que hubiera conflicto armado en Colombia?) continúe.

Por su parte, Santos finca sus posibilidades de reelección en el éxito de las reuniones con las Farc en Cuba y que los riesgos de una negociación en medio de hostilidades, no le vayan a pasar cuenta de cobro. También sabe por qué unas conversaciones mediadas por un cese al fuego bilateral, le daría ventajas militares a la guerrilla. Y, además, debe saber que todas las confrontaciones recientes, los ataques de las Farc a una escuela, el abominable secuestro de policías y otras incursiones armadas, son parte del conflicto al que se le quiere dar fin por medio de una solución política negociada.

Seguramente, Santos y sus adláteres saben que la guerrilla, pese a todas las bajas que ha tenido en los últimos años y al fracaso de la lucha armada, tiene aún capacidad ofensiva. Y tal vez por eso, no sólo hay que atacarlas militarmente, sino darles vocería en conversaciones para poner fin al conflicto. Esas son las contradicciones propias de un enfrentamiento entre la guerrilla y el Estado que lleva más de cincuenta años y que, en esencia, sólo ha perjudicado al pueblo colombiano. Al mismo tiempo, ha sido utilizado por los entibadores del sistema para sus fines electoreros.

Las conversaciones con la guerrilla parecen más una búsqueda del mantenimiento del status quo reinante, que una solución a los problemas de fondo del pueblo. Son utilizadas de parte y parte para el montaje de las estanterías comiciales. Si fracasan, entonces permitirán el reencauche de un sector que, también en esencia, ha causado tremendos malestares y miserias a los desprotegidos; y si no, serán la bandera para enarbolar en aras de una postulación reeleccionista.

Y mientras tanto, qué pasa con los sin tierra; con los que atienden o desatienden con humillaciones sin cuento en las entidades hospitalarias y de venta de servicios de salud; con los millones de pobladores en estado de pobreza; con los que todavía son desplazados por los paramilitares, por las bandas criminales y la misma guerrilla… por encima de la llamada Unidad Nacional santista y de los intereses rastreros y demagógicos del Centro Democrático uribista, está la búsqueda de bienestar para las mayorías.

Desde el nacimiento de la república, Colombia ha vivido en permanente zozobra. Las guerras y guerritas civiles del siglo XIX, atravesadas por intereses mezquinos en contra de la población, anclan sus causas en la tenencia de la tierra. El siglo XX nos llenó de sangre, masacres obreras, la violencia liberal-conservadora, el conflicto armado, el paramilitarismo, la intervención extranjera y otras desgracias.

La búsqueda de la paz en este paisito manejado desde siempre por un club de privilegiados, ha sido un sueño menos de los poderosos que de las víctimas del poder. Así que reivindicar una solución negociada al conflicto armado colombiano debe ser visto como una suerte de alivio para la mayoría de colombianos envueltos en esa vorágine de violencia.

Sin embargo, en medio de todas las dificultades que entraña un proceso de tal magnitud, todo parece reducirse a tácticas politiqueras que conducen a preguntas de farándula deportiva, como quién ganará: ¿Santos? ¿Uribe? ¿la guerrilla? Y mientras tanto, la guerra sigue siendo la única verdad.

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