Por: Esteban Carlos Mejía

Porque sí, porque no

Escribir columnas sobre política es un lío.

Un zaperoco. Hace como un mes escribí sobre el futuro de Chávez. A mi manera, claro está. Comparé al comandante golpista con otros caudillos de izquierda, legendarios y trascendentales: Stalin, Mao, Tito: tres tipos de cuidado. Durante lustros mandaron a su antojo, apoyados en partidos de acero y con una propaganda densa e impenetrable. Al morir, pese a todo, desaparecieron de la faz del planeta, se esfumaron sin pena ni gloria, no más estatuas, no más panegíricos. ¿Le va a pasar lo mismo a Chávez? ¿O será capaz de vencer la negligencia de las gentes, olvidadizas e ingratas de por sí? ¿Es acaso un ser sobrenatural, mejor dicho, sobrehistórico, por encima de las crudas y crueles leyes de la realidad? ¿Un cuerpo glorioso? ¿Un ser superior? Vana ilusión de sus fans. Se lo comerán los gusanos de la historia como antes se despacharon a fulanos con más ideología, más partido, más propaganda y más enjundia. Chávez es otro chafarote de pacotilla, digno, si mucho, de figurar en el Bestiario tropical de Alfredo Iriarte, jocosísima reminiscencia de los autócratas de las republiquetas bananeras de Iberoamérica. A lo mejor, incluso, es “el caudillo perfecto”, como alguna vez, no sin cierta zozobra, lo calificara el buenazo de Francisco Suniaga, novelista venezolano de ingenio y valentía.

Pues bien, algunos foristas de El Espectador me cayeron como hienas. Dudaron de la santidad de mi madre, hablaron mal del parto en que nací y me diagnosticaron enfermedades que, con la ayuda de la diosa Venus, no he tenido ni tengo ni tendré. Cosa muy parecida me pasó en agosto de 2010 cuando despedí al capataz Uribe. También llovieron rayos y centellas, insultos ubérrimos, injurias de hecatombe, gritos furibundos. Al bagazo, poco caso, dije. Pero, eso sí, ¡qué desespero el maniqueísmo!

“Si no estás conmigo, estás contra mí”. Si uno se burla de Chávez entonces uno es (¡tiene que ser!) uribista o paramilitar. Y al contrario, si uno reniega de Uribe entonces uno es (¡tiene que ser!) chavista o de las Farc. Para los maniqueos, el mundo es blanco o negro, ni siquiera blanco y negro. No, blanco o negro, sin grises ni matices ni escorzos ni perspectivas. Les resulta inconcebible que alguien sea antiuribista y, a la vez, antichavista. La cabeza no les da para tanto: te echan más sapos, más culebras, más venéreas.

Es uno de los gajes del oficio de columnista: aguantar palo porque bogas y palo porque no bogas. Con una arandela, no menos humana, la maldita (o bendita) soledad, mucho más si uno no cree en la resurrección de la carne ni en la inmortalidad del alma de los caudillos. Entonces, señoras y señores foristas, ¿qué le vamos a hacer?

Rabito de paja: “Acogeré con los brazos abiertos todos los juicios de la crítica científica. En cuanto a los prejuicios de la llamada opinión pública, a la que jamás he hecho concesiones, seguiré ateniéndome al lema del gran florentino: Segui il tuo corso, e lascia dir le genti!”, Karl Marx, 1867.

Rabillo: hoy hace 50 años fue la masacre de Santa Bárbara, Antioquia: 12 muertos por el Ejército en la huelga de la fábrica de cementos El Cairo. Una cicatriz que aún sangra.

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